Decapitar periodistas

03/09/2014

Joaquin Pérez Azaústre.

Decapitar periodistas no es una novedad: a fin de cuentas, se trata de matar al mensajero. Esto ocurre en las guerras y en el frente común de la prensa local. Lo que varía es la intensidad del modo, esa crueldad extrema del recorte brutal. Cada año mueren en el mundo miles de periodistas. Cada año son despedidos miles de periodistas. Cada año son condenados al ostracismo social miles de periodistas críticos que, aún vivos, con las puertas cerradas, han de reinventar su vocación. El caso es anular toda voz disidente, ya sea quitando las acreditaciones para los reporteros incómodos, aprobando leyes que comprimen –o anulan directamente- la libertad de expresión o cosiéndolos a tiros cuando entran en su portal, como ocurrió con Anna Politkovskaya.

Después de James Foley, ahora ha sido Steven Joel Sotloff, de sólo 31 años, que había sido capturado en Siria en agosto de 2013. En sólo dos minutos y 46 segundos, de rodillas y portando también, como Foley, ese mono naranja que tanto nos recuerda al de los presos de Guantánamo, nos deja una despedida que es el testimonio de la máxima desolación, cuando se sabe muerto y ni siquiera es dueño de su último grito. “Soy Steven Joel Sotloff. Estoy seguro de que a estas alturas saben exactamente quién soy y por qué estoy apareciendo ante ustedes. Ahora ha llegado el momento de mi mensaje: Obama, si tu política exterior de intervención en Irak debía haber sido para la preservación de la vida y los intereses de los norteamericanos, entonces me pregunto por qué estoy pagando el precio de tu intervención con mi vida. ¿No soy yo un ciudadano norteamericano? Has gastado miles de millones de dólares de los contribuyentes y hemos perdido miles de soldados de nuestro ejército en luchas anteriores contra el Estado Islámico, así que dónde está el interés público de reavivar esta guerra?”. Parece ser que el verdugo ha sido el mismo, con su acento británico y su frialdad psicópata en el filo, haciendo méritos para una inmediatez pesarosa y lúgubre.

Todos, o casi todos, hemos sido críticos, o muy críticos, con la política exterior estadounidense, en algún momento, en varios momentos o continuadamente. Pero esta túnica negra, esta actitud, este discurso -“He vuelto, Obama, y he vuelto como consecuencia de tu arrogante política exterior hacia el Estado Islámico, debido a tu insistencia en continuar bombardeando la presa de Mosul, a pesar de nuestras serias advertencias en contra”-, sabiendo que ellos mismos, los del EI, están masacrando a su propia gente, a los cristianos, a los kurdos, a todo musulmán que no comparta el credo radical de volver a un nuevo califato de oscurantismo y furia, es un escalofrío venidero.

Qué dice alguien con el cuchillo en el cuello, qué mensaje está dispuesto a sostener; sobre todo, sabiendo que si no es el indicado por sus ejecutores su muerte ni siquiera se retransmitirá, quedando para siempre en el vacío de un silencio abismal, mientras sus familiares siguen esperando su vuelta. Con tanto reivindicar el califato de Córdoba, sus asesinos ignoran que aquel esplendor no fue masacrado por los cristianos, sino por los extremistas del momento -almorávides y almohades-, tan salvajes, fanáticos y locos como ellos ahora. Los periodistas, mientras, seguirán siendo silenciados, con distintas intensidades, en todas las orillas del conflicto.

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