De bodorrios y cornamentas

09/09/2014

Carmela Díaz.

Boda Angelina¿Recuerdan ustedes a mi adorable fornicador del casco? Pues resulta que ya no me va a servir como fuente de inspiración para un futurible personaje de novela porque se me han adelantado: Hollande es el flamante protagonista de un best-seller nacido bajo las garras del rencor -y de una presidencial cornamenta.

No he leído el libro y por tanto no puedo valorarlo en profundidad. Pero sí entro al trapo en el trasfondo del asunto: Valérie, querida, dice muy poco de ti poner a caer de un burro (y obtener compensación económica por ello ¿o acaso donarás los beneficios a causas nobles?) al amante por el que suspirabas hasta hace escasos meses. El resentimiento nunca es buen compañero de camino. Sin embargo, la lealtad y el respeto hacia los que formaron parte de tu vida -aunque el final no fuese de cuento de hadas ni se comiesen perdices- también lo son hacia uno mismo.

Dudas existenciales que me surgen tras leer las perlas promocionales que va dejando caer la editorial. Si Françoise era tan inhumano, despiadado, cínico, ridículo y despreciable ¿por qué caíste rendida a sus no-encantos y te enamoraste cual adolescente con las hormonas en ebullición? ¿Por qué ese síncope que te dejó noqueada al averiguar que no eras la única con la que jugaba entre sábanas?  Pero alma de cántaro, si tú te metiste en su cama cuando el travieso tenorio era pareja oficial de Ségolène Royal.

Un tío que engaña a otra contigo también te engañará a ti. Es una máxima tan, taaaaaan elemental… ¿O eres de las ingenuas que se auto convencen de que “conmigo cambiará y será diferente”?  A tus años… Ay, Señor, Señor, tan instruida, atractiva, elegante, pero tan cándida e ingenua en ese aspecto… Aunque blandiendo el despecho y la mala leche en tu ¿venganza? Qué feo es adquirir fama, notoriedad y parné destripando la intimidad y fulminando la confianza de quien un día ocupó tu corazón.

Carmela Díaz

Carmela Díaz

Pero no todo van a ser dramones sentimentales, oigan: el amor siempre se abre camino. Y es que estos días también hemos asistido a una boda hollywoodiense de tronío. Dos pibones de órdago, coladitos ambos por los huesos del otro, solidarios, triunfadores, estrellas mundiales y con una familia de cuento (numerosa, multiétnica y con unos hijos biológicos que no pueden ser más bonitos) pronunciaron el sí quiero tras una década de pura pasión. Más por dar el gusto a su prole que por necesidad vital.  La novia, precisamente para dar protagonismo a esos vástagos que propiciaron la celebración del enlace, bordó en su velo dibujos infantiles creación de  la chiquillería. Pero a pesar de tanto bueno, la opinión pública no cesa de criticar a diestro y siniestro lo espantoso, horroroso, inapropiado y no sé cuántas cosas más del atuendo. Primero, las novias visten en su boda como les sale del tul, faltaría más. Pero al grano: peluseros del mundo, Angelina se lo puede permitir. Ese modelito y cualquier otro: hasta caracterizada como bruja maligna y coronada con cuernos retorcidos luce bellísima porque la genética fue abrumadoramente generosa con ella. Sin más.

Y encima la Doña disfrutó de una juventud salvaje (lo vio, probó y experimentó todo) hasta que encontró al hombre de su vida y se convirtió en madre de familia numerosa. Y duerme con Brad Pitt. Todas las noches. Sus carcajadas por los reproches a la elección nupcial resuenan entre las paredes de sus múltiples residencias de millones de dólares repartidas por los enclaves más elitistas del planeta.

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