Los partidos políticos se quejan de la desafección de los ciudadanos hacia la actividad política. Una y otra vez aseguran que tomarán medidas para la regeneración democrática que se reducen al final en un todo cambie para que todo siga igual.
Quizás los políticos tendrían que reformular esta queja y constatar que son ellos los desprestigiados y no la actividad política. El último ejemplo del interés de la ciudadanía por la política lo encontramos en la multitudinaria manifestación que se celebró en Barcelona con motivo de la Diada reclamando el derecho a decidir el futuro de Catalunya en las urnas. Es una petición que ya tiene un recorrido largo y la respuesta que Madrid ha dado ha sido la desautorización, el veto cuando no el insulto.
Dicen que en democracia se puede discutir y votar todo. En cambio el veto a hablar del modelo de Estado (monarquía o república) es evidente (porque la opción republicana tendría muchos números de ganar), la unidad de España es un dogma que escandaliza que sectores importantes de una comunidad no sólo lo vean discutible si no que pretendan constatar en las urnas los sentimientos de su población y actuar en consecuencia, una Constitución que hoy en día no ha votado casi nadie es sagrada y se le interpreta como quieren los gobernantes de turno, hasta el punto que es intocable excepto cuando la señora Merkel levanta el teléfono y entonces PSOE y PP la cambian en 24 horas. Este texto asegura que el poder reside en los ciudadanos pero cuando los catalanes votaron un Estatut el Tribunal Constitucional desprecia el resultado de las urnas.
La actual democracia queda desvirtuada por los comités centrales de los partidos y estos deciden a quien ponen en las listas y a quien no, mientras los ciudadanos no tienen otra opción que elegir una de las contadas papeletas sin poder intervenir en su elaboración ni modificar las listas cerradas y bloqueadas. Además no hay ningún mecanismo para obligar a los ganadores a cumplir las promesas que hicieron a los ciudadanos y que plasmaron en sus programas electorales (¿verdad señor Rajoy?).
El PSOE, de un tiempo a esta parte, se ha dado cuenta que España tiene un problema con Catalunya, comunidad en la que una gran mayoría de los ciudadanos se encuentran incómodos con la situación actual; el PP, en cambio, sigue inventándose que la mayoría de los catalanes se sienten tan catalanes como españoles, habla de inexistentes mayorías silenciosas y ofende a los catalanes legislando en temas tan sensibles como la lengua y la cultura, aparte de ahogar económicamente las instituciones.
¿Nadie se ha planteado las causas del malestar de un sector muy significativo de los catalanes para que centenares de miles de ellos salgan a la calle? ¿Sus protestas no merecen una respuesta?
El problema está sobre la mesa y está claro que no se cierra impugnando leyes del Parlament o invocando unas leyes que lejos de servir para solucionar problemas se convierten en el problema para el sentir general de significativos sectores de los ciudadanos. Por ello no es raro que a los políticos que se quejan por la desafección de los ciudadanos entren a saco cuando los ciudadanos se deciden en participar en política.
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