El Derecho como poesía social

23/09/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

El Derecho es una construcción de humanismo poético. Nada en el Derecho nos ha venido dado, sino que ha consistido en la elaboración de una literatura ética, una razón justa y promulgada para hilar todas las convivencias. Independientemente de los derechos inalienables de cualquier ser humano, también esos derechos han sido erigidos desde el total vacío nominal: porque no existían, al no haber sido, antes, nombrados y reglados. Las palabras nos sirven para delimitar una existencia física, para ponerle un nombre poder reclamarla. Es cierto que, una vez que han sido proclamados, podemos remontarnos al origen de los tiempos para decir que el hombre, que incluso el primer hombre, por el mero hecho de serlo, aunque no lo supiera, ya era un ser jurídico. Pero también es cierto que es precisamente ese conocimiento el que le ha habilitado para su reivindicación, para ganar la conciencia no sólo del abuso cuando se está produciendo, sino de la injusticia de ese abuso, y también de todas sus posibles respuestas ante la ley de los hombres, al saberse un sujeto jurídico: porque toda una literatura se ha puesto a su servicio, se ha rendido ante él como una fortaleza intelectual ante la vida corriente.

Viene todo esto a raíz de la cita con la que ha empezado su curso de Derecho Político mi amigo Octavio Salazar Benítez, de la Facultad de Derecho de Córdoba. Dice así: “El Derecho comporta un sistema no solo de reglamentación de las relaciones humanas, sino también, a partir de los valores que encierra, de emancipación. En la medida que se abre a las enseñanzas perennes de la literatura, se libera de la pretensión de cientifismo legal, que lo aleja de la realidad del cotidiano. Se abre a los valores humanistas, presentes en la literatura, y se erige contra la fría racionalidad del positivismo jurídico y del análisis supuestamente científico-legal. El Derecho pasa así, a dar expresión, él propio, con la ayuda de las humanidades, a los principios y valores que deben guiar la existencia y las relaciones humanas. El Derecho pasa, así, enriquecido, a vincularse estrechamente con la realidad de la vida de cada uno”. La afirmación es de Antonio Augusto Cançado Trindade, Juez de la Corte Interamericana, y viene a refrendar el carácter total de una disciplina de literatura humanista, en su grandeza y en su devastación, en la regulación del afecto, en el horror y en la lenta minucia cotidiana.

El Derecho, en sí mismo, es La comedia humana de Balzac, porque en él cabe todo. Cada nuevo curso, Octavio y otros profesores tratan de conectar a sus alumnos con la humanidad –no es otra cosa- del Derecho. Ahora debe de resultarles especialmente difícil. ¿En qué puede creer la gente de apenas 19 años, matriculados en sus primeros años de carrera, ante una actualidad de continuo descrédito, de salvajismo y burla ante el Estado de Derecho en cada titular de los periódicos, con cada nuevo escándalo de criminalidad institucional? Pues bien, ahí radica, precisamente, la belleza y el valor moral de la docencia: en devolver a los alumnos, y a la sociedad a través de ellos, una conciencia de ciudadanía basada en lo que es justo para una convivencia, con la capacidad para ganar la insurgencia y la emancipación ante unos poderes públicos corruptos. Hoy, como siempre –o quizá más que nunca- el Derecho es el último bastión del humanismo lírico, nuestra fuerza y vigor, nuestro último poema para poder vivir.

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