¿Y cómo enfoco el tema de hoy? Me he preguntado una y otra vez en las últimas horas. Tras darle unas cuantas vueltas no había manera de encontrar ni el tono adecuado ni la perspectiva idónea. Seguramente porque se trata de una columna que nunca quise escribir. Así que haciendo un ejercicio de honestidad conmigo misma decidí abordarla por donde me pedía el cuerpo: desde la plena sinceridad. Y desde la tristeza.
Desde la pesadumbre que me provoca el patético espectáculo interpretado por quienes pretenden hacer política hurgando en conciencias y moralidades ajenas. Desde la pena que me invade al comprobar como las promesas electorales (aunque no se compartan) se esfuman por el vertedero a cambio de un supuesto puñado de votos. Desde la aflicción que se apodera de mí cuando escucho declaraciones institucionales de un presidente del Gobierno de España -que debieran ser solemnes- a golpe de canutazo en pasillos desangelados. Entre tanto quebranto el único que derrochó clase y elegancia a tutiplén fue el desairado. Se comportó como lo que es: un perfecto caballero, de las que ya no proliferan por estos lares -y casi por ningún otro-. Los dieciséis minutos y dieciséis segundos de la comparecencia del exministro de Justicia son impecables en forma y fondo: una lección de dignidad.
Alberto Ruiz-Gallardón tiene tantos defectos y ha cometido tantos errores como cualquier otro ser humano. Pero a ver quién es el guapo que aguanta treinta años de exposición pública ininterrumpida y diaria. Ni el mismísimo Gallardón. Mientras los que confunden política con poder (que son los que nos gobiernan en los últimos años) y los mediocres arribistas con cargo y sillón se regocijan haciendo leña del árbol caído, yo destaco su notable legado cuando fue único responsable de una estrategia propia. Recalco sus obras imposibles pero exitosas: ya no se puede concebir Madrid sin una M30 soterrada, un transporte público que sirve de ejemplo hasta a Dubai -adalid de la vanguardia del siglo XXI-, un Metrosur que facilita la vida cotidiana de miles de ciudadanos o un Madrid Río que hace palidecer de envidia al mismísimo Berlín. La visión de este señor transformó de cabo a rabo una antaño capital de chotis y rosquillas en una metrópolis de referencia mundial.
Le pese a quien le pese la política contemporánea requiere hombres como él: doctos, brillantes, controvertidos, parlamentarios sobresalientes, con personalidades dominadas por el deseo de aprender, con intelectos demasiado inquietos para detenerse, con el entusiasmo perenne por superarse, batallando de continuo (y saliendo victorioso) contra la bestia de la autocomplacencia. Aunque andar sobrado de sesera no garantice tomar las decisiones más acertadas ni poseer una mente privilegiada avale adoptar tácticas de éxito…
Conozco a Alberto desde hace muchos años -algo que sorprenderá de pleno a la concurrencia lejana y cercana- debido a mi hermetismo, a mis pullitas hacia sus pareceres en los últimos tiempos o a mis continuas discrepancias con el Gobierno del que ha formado parte. Para mí simplemente es un amigo con una sensibilidad apabullante y un sentido del humor extraordinario (por citar dos cualidades poco predecibles) a quien hoy transmito públicamente mi reconocimiento y mi cariño incondicional.
Sin que sirva de precedente me van a permitir una licencia: finalizar obviando el análisis y hasta la objetividad para dedicar unas breves palabras al protagonista de la semana.
Alberto, la vida es una vigorosa sucesión de acontecimientos, sorpresas y oportunidades. Todo va y todo viene y si lo buscas, algo nuevo surge. Disfruta de tu recién estrenada libertad personal, sé feliz. Te quedan tantas cosas por hacer… Que te vaya bonito. Porque tú lo vales.
“Quien busca lo difícil encontrará dificultades”.
Epístola de San Pablo.

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