El perro

08/10/2014

Lucía Martín.

Desde que se conoció la noticia del contagio por ébola de la auxiliar de enfermería española asisto atónita, ojiplática casi, a este esperpento mediático, político, sanitario… No sé cómo calificarlo. Y asisto atónita como ciudadana, como votante y sobre todo, como periodista.

Yo podría haber titulado este artículo como el puto perro, pero no porque el perro tenga la culpa de algo, que no, pobre animalillo. Ese puto es porque el perro parece que ha venido a ser el símbolo de la ineptitud que galopa por este país a sus anchas en muchos ámbitos. Primero la ineptitud política, sin duda alguna, pero también la sanitario (aunque no porque sus profesionales sean ineptos, en absoluto, sino por lo que ha generado los recortes de los mismos que ahora alaban la sanidad pública). Y, como no podía faltar en esta fiesta del despropósito, a todo el cóctel anterior se une la ineptitud de los medios de comunicación.

A mi todo este novelón me recuerda una película americana Wag The Dog (aquí traducido como La cortina de humo) en la que un presidente de USA tiene un escarceo sexual y la estrategia para eludir el escándalo es inventarse una guerra contra un país, árabe por supuesto. Con nuestra crisis nacional sobre el ébola (si solo tuviésemos crisis por el dichosito virus no sería todo lo malo) me he acordado de la película en la que, como elementos de la cortina de humo, se crean, ad hoc, símbolos protesta, como una canción o que se lancen zapatos al tendido eléctrico. El perro ha sido nuestros zapatos lanzados a los cables de la luz. Sin valorar en si había que sacrificarle o no, desde que se anunció que se haría se recogieron tropecientas mil firmas en change.org. Los famosos daban la cara por Excalibur, nombre del animalito. Incluso se creó un hasthag. La gente se rasgaba las vestiduras en Twitter por el pobre animalito. La misma gente que le abren un comedor social en los bajos de su edificio y protesta. La misma que no da un duro por pagar la operación de un niño al otro lado del Atlántico. La misma que no tiene ningún tipo de resquemor si tiene que pisar a un compañero de trabajo por conservar su puesto. La misma que se la pela que mueran negritos de hambre o de ébola en África. Esperpéntico todo.

Pero volvamos a la crisis del ébola y diseccionemos lo que ha pasado estos días:

– La auxiliar de enfermería, que, ole sus huevos, se presentó voluntaria para trabajar con los dos religiosos, tiene fiebre a los pocos días de tomarse vacaciones y va al médico. Y reconoce en una entrevista telefónica que NO le dice al médico de cabecera que ha estado en contacto con el virus. Hombre. No seré yo quien critique a esta pobre mujer, que ya tiene bastante con lo que tiene, pero, ¿no decirle al médico que has estado en contacto con el virus? ¡Si yo cuando voy al médico le cuento lo que hice 7 meses atrás! ¿Cómo es posible que si además, eres personal sanitario no se te ocurra contar esta información? ¿No es relevante?

– La ambulancia que la traslada al hospital de Alcorcón es una ambulancia normal y el resto del día se sigue utilizando para trasladar a otros enfermos. Hasta que se sabe lo del virus y entonces, se paraliza el vehículo y se avisa a los enfermos que han sido trasladados. Que han debido de sentirse muy tranquilos. Bien, todo bien.

– La auxiliar de enfermería, según ha reconocido ella misma, se entera de que tiene el virus no porque el médico se lo comunique tras las pruebas, sino porque lo lee en un diario digital. Pero, ¿dónde están los derechos del enfermo a saber lo que le pasa?

– El marido graba un vídeo para salvar al perro (volvamos a los zapatos en el tendido eléctrico). Un amigo periodista me decía: “A mi lo que me sorprende es que grabe un vídeo lamentando que van a sacrificar al perro en vez de lamentar que su mujer está enferma de ébola”.

– La ministra, ay la ministra Mato, pobreta, si ella ni siquiera sabía si tenía un Jaguar en el garaje, ¿qué queréis?. Da una rueda de prensa que casi es como un fotograma de una peli de los hermanos Marx. No da la cara y lo peor, ahí sigue, sin dimitir. ¿En qué país de Occidente se ha visto semejante nivel de ineptitud y de cara dura?

– Y los medios, ¿qué?

Pues los medios fatal, en líneas generales, digo, ¿eh? No generalicemos ni matemos al mensajero. Entre los que se han apresurado a decir que la culpable es la auxiliar porque se tocó la cara con el guante y los que no han dudado en dar el nombre de la enfermera, publicando también sus fotos, ¿qué quieren que les diga? ¿De verdad es necesario dar la identidad? ¿En serio?

– ¿De verdad es necesario, cada vez que se ha activado un protocolo por sospecha en algún hospital, que luego ha resultado ser otra enfermedad, de verdad, digo, es necesario lanzarlo a los cuatro vientos?

– ¿No están siendo los medios en exceso catastrofistas y alarmistas? A ver, señores, un poquito de responsabilidad y de tranquilidad, y de escribir los reportajes con sosiego. Que el pueblo se alimenta de lo que nosotros decimos.

– La tele. Ay la tele. Llegados a este apartado les recomendaría la lectura del libro “Divertirse hasta morir”, de Neil Postman. La tele, qué espectáculo. Pongo Cuatro, el programa de Jesús Cintora. Y allí tenemos a Cintora entrevistando por teléfono a la auxiliar de enfermería. “¿Cómo te encuentras?”. Y responde ella con voz agotada: “Pues bien, un poco mejor”. Pero, ¿cómo se va a encontrar alma de cántaro? “Aquí, haciendo una party en la zona de aislamiento”. Pero, ¿estamos tontos o qué? Y sigue preguntando y preguntando. Lo entiendo. Pero ya ella le dice que está cansada, que lo quiere dejar. Y él sigue preguntando y preguntando. Pero, ¿dónde está la ética? Y del resto de personajes del debate, ¿qué? Un médico, lo demás, periodistas (los de siempre, que mira que hay periodistas en la calle, pero aquí están los de todos los días), Revilla (que lo mismo te habla, perdón, te grita, sobre corrupción que sobre ébola) y los de Podemos…

¿En serio?

Este es el tratamiento informativo que tenemos. Esto son los políticos. Esta es la concatenación de errores. Esto es España. Y el perro, que no se nos olvide el can: “Quand le sage montre la lune, l’abruti regarde le doigt”.

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