Javier Rodríguez llegó a la consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid “comido y bien comido”. Nos hemos enterado en una entrevista radiofónica. La frase: “Si tuviera que dimitir, dimitiría. Yo llegué a la política comido y bien comido. Soy médico y afortunadamente tengo la vida resuelta”. Esta es la preocupación del todavía consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid: no el temor de la ciudadanía ante el riesgo motivado por un sistema de protocolos médicos chapucero, del que también es responsable Javier Rodríguez, sino que él, afortunadamente, ya tiene “la vida resuelta”.
¿La vida resuelta? Pues a lo mejor no. Porque se puede abrir una investigación, esta sí, depuradora; y, si hay afectados por la posible ineficacia de una gestión horrenda, quizá tenga que responder por responsabilidad civil subsidiaria, como mínimo, o hasta penal, con su patrimonio. Así que a lo mejor ya no tiene la vida tan resuelta y alguien le recomienda más prudencia al explayarse, sobre todo, como consejero de Sanidad.
Se nota que el tipo está “comido y bien comido”, por alguna noticia de su perfil ético: desde culpabilizar a la propia enfermera, y ratificarse en la acusación –como si no fuera ella la primera interesada en ser tratada adecuadamente: al contrario de lo que ha contado él, la enfermera afirma que alertó al llamar a la ambulancia; después hemos sabido que los propios enfermeros avisaron, pero les ordenaron que siguieran adelante, como si tal cosa, con el consabido “ya será menos” español frente a la posibilidad de que estuviera infectada por el ébola-, hasta asegurarnos que él ya tiene “la vida resuelta”, media la distancia moral entre este hombre, y otros como él, y la sociedad.
Dice la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Madrid: “La actitud del Consejero es éticamente despreciable e insultante para los profesionales sanitarios”, por asumir el tratamiento de enfermos de ébola en el hospital Carlos III de Madrid “sin garantizar ni los medios técnicos, ni la formación, ni el entrenamiento suficiente del personal sanitario”. Los enfermeros hicieron lo que les ordenaron. Pero nadie ordenó a Javier Rodríguez que aceptara el cargo de consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid para, ante una crisis, responder que está “comido y bien comido” y que se larga.
¿Qué nos importa que esté “bien comido”, qué importa a los enfermos? Lo que debería robarle el sueño es la nefasta gestión de la crisis y su posible responsabilidad no sólo política –y ética, suponiendo que le importe-, sino también jurídica. Sin atisbo de autocrítica o de preocupación humanitaria o moral, ante nuestra mayor crisis sanitaria reciente, a este hombre sólo parece inquietarle su salida profesional. Independientemente de la investigación, no es sólo que Javier Rodríguez no parezca el más idóneo para presidir una consejería de Sanidad, sino que el propio ejercicio de la medicina, como entrega a la fragilidad del prójimo, es una bata que le queda grande.
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