Gobierno de España: cómo no gestionar una comunicación de crisis

13/10/2014

Carmela Díaz.

matoMariano Rajoy tiene un estilo muuuy peculiar en el noble arte de comunicar. Y pese a los sonoros fracasos previos de su partido en la materia (Prestige, 11-M, Irak, Yak  43, accidente de Santiago…) ni escarmientan ni toman medidas.  En general, los ciudadanos esperan que un Gobierno dé la cara permanentemente, no solo en comparecencias protocolariamente calculadas. En particular, en una situación dramática esos mismos españoles agradecerían una comunicación clara, contundente y precisa. Habida cuenta de esos antecedentes y de la reincidencia en nefastas estrategias de comunicación, una peca de mal pensada: ¿seguir tropezando con idéntica piedra es ignorancia supina o prepotencia en grado superlativo? En la era de la información instantánea la necesidad de una comunicación impecable es de libro, pero miren, nuestro Gobierno se lo sigue pasando por el forro.

Aunque si el PP jamás destacó por una comunicación eficaz ni en tiempos dulces, cuán difícil debe resultarles gestionar una crisis sanitaria que provoca pánico social.  El Gobierno, pese a ser consciente de esa deficiencia, no sabe o no quiere corregir sus carencias. Se desconoce si por ignorancia, por dejadez, por impotencia o por pura soberbia.  Descontrol e improvisación es lo que hemos padecido una vez más.

Carmela Díaz

Carmela Díaz

¿Pero tan complejo resulta poner en marcha una comunicación, si no intachable, sí al menos con criterio? ¿Cómo debieron abordar este asunto? Pues siguiendo unas pautas básicas regidas por la profesionalidad y el sentido común. A saber.

– Asumir responsabilidades como punto de partida.  La culpa del desastre del  Prestige la tuvo el barco, la del contagio del ébola la sanitaria, la del tren de alta velocidad el conductor… ¿Les suena? Y tras asumir dichas responsabilidades dimitir si uno no da la talla. Una dimisión posiblemente no solucione el problema, pero resultaría eficaz como terapia para una ciudadanía hastiada de ineptos, incompetentes y corruptos.

– Elección adecuada de los portavoces. Ana Mato y el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid son el perfecto ejemplo de personajes que jamás tendrían que acudir a comparecencias públicas de relevancia. La primera nunca debió ser ministra. Carece de credibilidad y muchos dudan de su honorabilidad debido a sus colegueos gurtelianos. Si su nombramiento ya supuso un error garrafal, la cartera de Sanidad fue la puntilla. Ningún español en plenas facultades desea una ministra incapaz -técnica, comunicativa y políticamente– al frente de un asunto que atenta contra la salud pública. El consejero bocazas debería haber sido fulminado tras deleitarnos con una falta de humanidad sin precedentes y unas declaraciones groseras, mezquinas y miserables.

– Dominar la materia que se va a comunicar. Consultar, debatir y exprimir a los técnicos. Mostrar ante la opinión pública referencias, datos y conocimientos serios, objetivos y contrastados por los expertos. Y ofrecer cantidad y calidad informativa.

– Coordinación absoluta entre todas las portavocías. Demostrar un liderazgo en la comunicación, sin fisuras. Y evitar discursos improvisados o contradictorios que desconcierten a la población

– No convocar una rueda de prensa sin pleno dominio de la materia a tratar. Que un miembro del Gobierno de España se enfrente a los medios de comunicación desconociendo las respuestas es para echarse a llorar. Con desconsuelo. Y para que la población, ante un asunto que podría desembocar en un estallido social, en vez de tranquilizarse se acojone y barrunte -con toda la razón- un desastre en ciernes.

Finalizo con un tirón de orejas a los profesionales de la información. Menos sensacionalismo, menos morbo y más rigor informativo, evitando pisar el terreno de los rumores y el amarillismo en un estado de alarma general. ¿Era necesario publicar a todo color la imagen de una enferma entubada que se debate entre la vida y la muerte?

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