Los huesos olvidados

16/10/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

La novela moderna, o la novela más contemporánea, puede ser una disposición pulmonar de la sangre, una respiración porosa que deambula no entre la realidad y la ficción, ni bajo los límites, fronteras, junturas o costurones entre planos sonámbulos y exactos, pero diferenciados, sino en una sola textura, que es la vida, con su auténtico ritmo y su delectación. Ahora la novela es todo: es ensayo y poesía, drama y documental, alumbrando los huecos en la fabulación de nuestras vidas. Frente a quienes preconizan su muere, quizá la novela nunca ha estado tan cerca, como ahora, de su potencia de totalidad, en la mesura de un acaparamiento racional que tiene también algo de escritura salvaje, afán casi divino de encontrarse con la armonía brutal de la creación.

Durante unos años, algunos han descubierto la pólvora de Google y han proclamado que la modernidad consiste en ensamblar, dentro del texto, mails, tweets, viñetas, vídeos de Youtube y demás novedades tecnológicas. Que la percepción de un espíritu de época consista en incrustar sus elementos más representativos en el texto, mientras la narración nos muestra un academicismo macarrónico, una especie de ritmo decimonónico, pero sin la gracia de los folletines, es algo tan pedestre como que Alan Le May, para dar verosimilitud a Centauros del desierto, hubiera pretendido intercalar  capítulos en señales de humo, vendiendo con cada ejemplar de la novela un kit de leña y yesca; algo así ha pasado en España con cierta pretensión de modernidad narrativa, que se ha visto esclavizada por la apariencia del envase, en lugar de preguntarse por las razones del trasvase entre realidad y ficción, logrando una mixtura que tuviera en cuenta ese aire de tiempo, sí, pero trasladándola a la concepción narrativa, sin subordinar la ficción a una red social ni confundir el plagio, interesadamente, con la metaliteratura.

Los huesos olvidados, la primera novela del poeta, traductor, ensayista y en general hombre de letras Antonio Rivero Taravillo, es una muestra sobria y bien timbrada de cómo alguna novela reciente –no sólo por inmediata, sino por precisar el ahora- ha sabido impregnarse de esa percepción global de hoy, una especie de marea del conocimiento que apenas nos permite sumergirnos en él cuando pasa delante de nosotros, pero que nos demanda, como ayer, respuestas concretas y profundas. Se avisa en la contra de la hermosa edición de Renacimiento de la cercanía de su propuesta con la también buena novela Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón, y es verdad: no sólo por el tema –la represión brutal del aparato estalinista, dentro de las filas republicanas, contra aquellos elementos que, pese a estar batiéndose valientemente contra las tropas franquistas, habían sido tachados, desde el Kremlin, de antisoviéticos, como los militantes del POUM o el propio Trotsky-, sino por la manera de tratar el material, en esa interacción de historia imaginada, o de imaginación histórica, que acaba destilando una única sustancia y que también coincide con nuestra percepción del hoy.

¿Es narrativa? ¿Es ensayo? ¿Es ficción? Es novela, con la vida cuajada de matices diversos, instalados con la sutileza de los elementos necesarios. Una mujer busca a su padre, represaliado durante la Guerra Civil, a través de un poema de Octavio Paz escrito en 1937, Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón: “Te imagino tirado en lodazales, / caído para siempre, / sin máscara, sonriente, / tocando, ya sin tacto, / las manos de otros muertos, / las manos camaradas que soñabas. / Has muerto entre los tuyos, con los tuyos”. Está buscando a su padre, ese “compañero muerto”, y en el último de los versos puede desenterrarse la verdad: “Has muerto entre los tuyos, por los tuyos”. Porque el sentido del poema podía constituirse en una entrega, ese morir por alguien, por defender a alguien; pero también a manos de ese alguien, y es por aquí por dónde avanza la novela: en una dirección parecida a la de Pisón, cuando John Dos Pasos trata de averiguar, dentro de un frente republicano dominado ya por el terror soviética, qué ha sido de su traductor al español, José Robles, militante del POUM, mientras Alberti y Hemingway miran para otro lado. Algo así sucede en Los huesos olvidados, con otra reflexión: cómo manejar nuestro volumen de olvido, o de falta de conocimiento, cuando se tiene la certeza de ese hueco, de su sombra silente.

Existe en nuestras vidas una zona de sombra inextricable, una especie de biombo entre la realidad y lo soñado, lo fabulado, lo onírico del relato infantil reconvertido en una identidad. Encarnación, la protagonista de Los huesos olvidados, no conoció a su padre y apenas ha sabido nada de él, pero entrevé una grieta en su ausencia de datos cuando descubre que Octavio Paz, que acaba de recibir el Premio Nobel, pudo haberle conocido en la guerra española, cuando al saber que ese “compañero caído en el frente de Aragón”, al que dedica el poema, pudo ser él. Por eso va a México a entrevistarse con Paz, y a partir de ahí comienza la propia rescritura de su vida, ese viaje interior para encontrarse con una oscuridad, que es la zona de sombra en la fotografía de una época.

Traductor de William Butler Yeats y gran biógrafo de Luis Cernuda, Rivero Taravillo transita por la literatura con naturalidad, porque en su planteamiento originario está la concepción abierta de la misma escritura, en una convivencia de contrastes lumínicos, callados y sonoros, que aspiran a nombrar la vida en sus matices. Más allá de que la novela actual –y Los huesos olvidados lo es- disponga de tanto material al alcance de un clic de ordenador, luego ha de abismarse en el enigma de siempre. Antonio Rivero Taravillo ha logrado filtrar sus múltiples facetas literarias en la misma sustancia, en una novela que escucha el latido del mundo para hablar de otro mundo, mientras el retrato de aquel tiempo, también olvidado, se va desvaneciendo. Y es en la conciencia de ese olvido, reconvertido en fábula, donde alcanza su máximo fulgor.

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