Morir bajo tu cielo

17/11/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

El lenguaje es una respiración. Contemplamos un mundo, lo cercamos, con una lluvia fina de palabras, de unos amplios vuelos circulares, con frases luminosas, también oscurecidas, para acotar la geografía de un cuerpo narrativo, el nervio de una historia. Es lo que sentimos al leer Morir bajo tu cielo, la última novela de Juan Manuel de Prada: que no asistimos sólo a la fabulación de un relato, más allá de su andamiaje histórico, sino al ritmo pulmonar del fraseo reconvertido en un latido de época. La acción se acota entre el 30 de junio de 1898 y el 2 de junio de 1899, entre Manila –en menor proporción- y, sobre todo, Baler. Estamos, efectivamente, ante Los últimos de Filipinas, como en la película de Antonio Román. Pero aquí el mecanismo es otro: a través de varias narraciones concéntricas, nos vamos asomando a las vidas de sus protagonistas antes de acabar en ese microcosmos medular que es Baler, cuando el ejército español ya se ha rendido al estadounidense y a los independentistas filipinos, y los soldados españoles, todavía apostados dentro de los muros de la iglesia, igual que un nuevo Álamo sostenido en el tiempo, con más hambre que épica, con más dolor que muerte, entre debilidad, enfermedad y parásitos, con un hedor también existencial en su desesperación, ni siquiera creen en los periódicos que les llevan de España, para atestiguar que se han rendido, y siguen resistiendo hasta su extenuación moral y física.

Tiene razón Pere Gimferrer al afirmar que esta novela gravita entre John Ford y Joseph Conrad. Esa fragilidad del murete en la tierra, con la rodilla anclada en el mantenimiento de la posición, mientras la inmensidad nocturna nos acecha, es la misma que siente el hermano de Ethan en Centauros del desierto, cuando presiente que la amenaza comanche se esconde entre las sombras y se recluye con su familia entre los gruesos muros de su cabaña, antes de cerrar las ventanas y apagar las luces. Pero aquí la presencia amenazante no es una llanura con sus lomas pequeñas y un batir de viento silencioso, sino la propia selva susurrante, con su propia carnosidad cortante entre los ilongotes, en otro Corazón de las tinieblas que también nos oprime en la lectura, que es un protagonista más de una novela en que los personajes sufren su propia vida interior.

Porque más allá del episodio, que todos sus protagonistas viven, cada personaje también experimenta su propio viaje íntimo, entre la supuesta solidez inicial, con unas cuantas certezas más o menos sencillas, hacia ese corazón que se revela –y también se rebela- ante la realidad. Estamos ante una novela que propone, claramente, un paralelismo entre la sociedad de la restauración y la actual del bipartidismo democrático, con sus grietas y fallas, con los mismos chupópteros burócratas firmemente agarrados al terciopelo rancio de sus viejas butacas, jugando con las vidas de los hombres que van hacia la muerte sin que exista un motivo, más allá de la decrepitud de un régimen que aún sigue cantando su grandeza después de su derrumbe.

Novela de aventuras, novela ideológica, política y social, en la que se debate también sobre el amplio cordel de la creencia, la religión y el hombre ante la inmensidad, Morir sobre tu cielo es, ante todo, una gran novela de personajes, seguramente la mejor de Juan Manuel de Prada. El capitán Enrique Las Morenas, con ese civismo falsamente tiznado de debilidad, y esa emocionante noche con su mujer, cuando presiente su muerte y se despide de ella, encontrados de pronto y abrazados después de varios años esquivándose en la casa común, o a través del océano; el teniente Martín Cerezo, con su locura salvaje, esa cerrazón que se vuelve homicida para sus propios hombres, más allá de los pobres fusiles filipinos, pero también la narración de su tragedia, la muerte de su esposa al dar a luz, y también de su hijo; el guerrillero filipino Teodorico Novicio, con su pugna interior, aturdido por la belleza de Lucía, esa monja que no es monja, con la que se interna por la selva como Humphrey Bogart y Katherine Hepburn en La reina de África, aislándose del tiempo para siempre, antes de la confrontación final; y la propia Lucía, bella y luminosa, ese personaje extraordinario en el amparo interior de los dos hombres, enfrentados al desgaste de una resistencia, cuando el tiempo ya les ha dado la espalda, a los dos, porque sus causas se han perdido.

La textura poética de la prosa, su potencia verbal, es un vehículo que nos lleva al galope, aunque también nos ralentiza la lectura cuando lo requiere la intensidad de la trama. Con gran fuerza simbólica y sus paralelismos con la España de hoy –porque España es otro de sus grandes temas, con esa intemporalidad de sus lacras y pérdidas, con la inutilidad del sacrificio de las generaciones-, Morir bajo tu cielo nos ofrece una extraordinaria galería de personajes y de ambientaciones, en un relato para disfrutar al abrigo del fuego, protegidos también por nuestro muro de la impenetrable oscuridad.

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