La vieja política y la nueva España

04/12/2014

Carmela Díaz.

politicosNos adentramos en los últimos coletazos de un año que ha revolucionado el panorama político español. El bipartidismo agoniza, una nueva formación, Podemos, ha irrumpido arrasando en tiempo récord y la vieja guardia se retira -con los históricos Rubalcaba, Guerra o Cayo Lara al frente-. Tras la abdicación de Juan Carlos I y el fallecimiento de Adolfo Suárez también  decimos adiós a los principales protagonistas de la Transición. La vieja política ya no tiene cabida en la nueva España.

La desconfianza -y hasta repudio- al sistema actual por parte de las nuevas generaciones es un hecho. ¿Otro proyecto de país está en marcha? Evidentemente. Los ciudadanos que solo conocemos la Transición a través de los libros ansiamos impulsar un renacer democrático. Vivimos inmersos en un día a día frenético, en la era de la información instantánea, de internet, de las redes sociales, de la revolución tecnología, de la globalización… En este contexto gobernado por la inmediatez cuatro décadas son una eternidad. Denota sensatez asumir que la legislación vigente o el marco constitucional no deben prestarse a cambios periódicos ni a modificaciones caprichosas. Pero si el modelo imperante se colapsa, si el runrún mayoritario reclama cambios, es momento de promover transformaciones, de propiciar alternativas. Todo el proceso que culminó en una anhelada democracia fue un inicio no un final inamovible. Resolvió razonablemente bien cuitas del siglo XX, pero ahora nos enfrentamos a otro escenario: recuperar la confianza en las instituciones implica adaptarse a la realidad del año 2015. En el nuevo marco que demandamos la reforma constitucional o la revisión del modelo autonómico no es un tabú.

Carmela DíazEste frenético 2014 también nos deja la renovación de líderes políticos amortizados y de la Jefatura del Estado. Pero no es suficiente: se hace imprescindible una limpieza profunda en las filas y en las bases de los partidos tradicionales, no solo entre sus rostros más representativos. Y el modo de hacer política en el Parlamento está pidiendo a gritos una transformación. Hay que modernizar el paripé de sesiones de control con preguntas pactadas, de comparecencias acartonadas, de interpretaciones teatrales en el hemiciclo o de votaciones en bloque según el dictado de las siglas de turno. Se hace indispensable eliminar instituciones inútiles, instaurar la autofinanciación de partidos y sindicatos, despolitizar con rigor y efectividad los poderes del Estado, finiquitar las listas cerradas, dinamitar la endogamia imperante en los círculos de poder, fomentar una democracia más participativa, hacer política en la calle, impulsar la máxima transparencia en el ejercicio de la función pública e imponer  medidas implacables contra la corrupción. Y no se debería temer el facilitar a la ciudadanía la opción de opinar en las urnas sobre el modelo de Estado.

Presenciamos expectantes un escenario político sin precedentes y el horizonte que se vislumbra no tiene por qué ser tan catastrófico como pregonan los agoreros. Depende de cómo encaucemos los españoles esta nueva etapa. Si nuestros mayores auparon con éxito a España tras una prolongada dictadura, sus descendientes estaremos a la altura. ¿Por qué no vamos a ser capaces de comandar este apasionante reto con ilusión y con responsabilidad? La regeneración integral de este sistema no solo pasa por los potenciales votantes de Podemos.

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