Quién golpea el silencio con las manos desnudas. Dos hermanas lo han hecho: Arati, de 22 años, y Pooja, de 19, dos muchachas indias de la ciudad de Rohtak que se han puesto en pie contra el mutismo, la sumisión civil de la mujer entendida como un castigo colectivo sin rebelión posible. Iban juntas en el autobús, como otras veces, a la universidad. Tres hombres se acercaron, entre comentarios groseros, y empezaron a manosearlas, ante la vista de los demás viajeros. Es, a fin de cuentas, una práctica común en India, donde los hombres parecen legitimados para agredir sexualmente a las mujeres, para injuriarlas y vilipendiarlas, para someterlas a violaciones grupales o a tocamientos en el interior del transporte público, sin tener que ofrecer luego ninguna explicación, salvo cuando el caso acaba en un asesinato más mediático. Pero no lo hicieron, como podría pensarse, amparados en el bullicio masivo del autobús lleno, en hora punta, con los cuerpos apretados ente sí; sino abiertamente, con una impunidad social de desarbola cualquier planteamiento de derecho: a la vista de todos, con el consentimiento silencioso de la mayoría, espectadores silentes, consumidores del daño.
Lo ha relatado Pooja a la televisión: “Nos hicieron gestos obscenos, nos tocaron y abusaron de nosotras. No podíamos soportarlo más y empezamos a golpearles. Uno de ellos agarró de la mano a mi hermana y otro me cogió del cuello. Fue entonces cuando mi hermana cogió su cinturón y les golpeó”. Por una vez, las víctimas armaban sus manos de respuestas, con un cinturón que era un vocablo más cerrado que un puño. Pero ¿qué ocurría, mientras, con los demás ocupantes del autobús? “Nos dijeron: no hagáis nada, os van a violar o a echar ácido, os van a matar”. De nuevo, la culpabilidad para las víctimas. De nuevo, no la condena al agresor, porque ni siquiera una voz se levantó para ayudarlas, sino la recriminación por la respuesta, por haber elegido defenderse. “Teníamos miedo, pero no nos dimos por vencidas”. Las imágenes se pueden ver en Internet, y su resistencia a dejarse intimidar, agredir, vejar, sólo es comparable, en la admiración íntima que provocan, con el rechazo a la inmovilidad de los demás testigos.
Para la ministra Uma Bharti, “Todas las chicas deberían hacer lo que hicieron estas hermanas. Lo hicieron bien. Pero es triste que ninguno de los otros pasajeros las ayudase. La sociedad tienen que cambiar su forma de pensar y la gente debe dejar de ser meros espectadores cuando ocurren estos incidentes”. Sí, pero tampoco se puede pedir a cada mujer intimidada, agredida, vejada, que se convierta en una heroína. Es como si un hombre responde a un robo con fuerza liándose a mamporros con el ladrón y haciéndole huir, y ahora exigimos a todo aquel que sea robado a punta de pistola que reaccione igual que Steven Seagal. Bien por las muchachas, con toda admiración; pero no se puede exigir a cada una de las miles de víctimas que reaccionen igual, o estaremos culpabilizándolas de una manera aún más siniestra: puesto que no se han defendido, merecieron su agresión. Se acercan más a la realidad –y a un planteamiento justo- las declaraciones de Lalitha Kumarmangalam, presidenta de la Comisión Nacional de la Mujer: “Me gustaría felicitar a las chicas y solicitar a las autoridades que tomen las medidas adecuadas. Pocas chicas tienen las agallas de contestar a los abusadores. El gobierno debe tomar medidas”, porque el Gobierno es quien debe velar por su seguridad; o, en detrimento del Derecho, estaríamos promoviendo la justicia privada.
Nada menos que 244.270 denuncias por crímenes contra la mujer se registraron en India en 2013. Mientras ese Gobierno monta un homenaje muy publicitado a las muchachas, la impunidad de los agresores sigue lacerando el mutismo angustioso de las víctimas.
Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.