Cuando Fernando Martín recibió su primera camiseta en los Portland Trail Blazers de la NBA, la extendió sobre la colcha de la cama, en la habitación del hotel, y se quedó mirando el apellido. No era el suyo, porque habían cosido a la espalda “Martin”, americanizando su “Martín”. A pesar de haber ganado la plata de Los Ángeles y ser un estandarte en el baloncesto español y el europeo, en Estados Unidos era apenas un rookie y el primer español que jugaría en aquella liga, pero tenía las suficientes cosas claras: “Martín se escribe con acento en la í”, respondió. Cuando un directivo de Portland preguntó a uno de los periodistas que acompañaban a Fernando en aquella expedición, el argumento fue: “Para Fernando, los detalles y las raíces son importantes”. Sufrió el duro invierno en Portland, que veinte años después han soportado otros jugadores españoles: Sergio Rodríguez y Rudy Fernández. Pero aguantó el pulso, y al regresar celebró que había sido una de sus mejores experiencias. Ninguno llegó a triunfar en los Trail Blazers, pero cuando Rudy participó en el concurso de mates del All Stars Weekend, al despojarse del chándal y enfilar el salto hacia la zona, dejó al descubierto un cambio sobre su camiseta: en la espalda no se leía “Rudy”, sino “Martín”, con su número 10, el mismo que Fernando había lucido también en Portland, en el Madrid y en la selección. Con ese homenaje alzó su vuelo y se colgó del aro, mostrando que el respeto es una tradición que vuelve la memoria una apreciación ética. En un mundo tan dado a los olvidos, este gesto de Rudy emocionó a todos los que un día vimos a Fernando levantarse en la zona, como un titán de plástica presencia que se dejaba la piel batiente en el coraje, en el rebote o anotando, con ese pundonor que parecía brillar más allá del partido, como si en cada lance la tensión fuera una pugna interna con él mismo y estuviera quemando las etapas de su viaje por la intensidad.
Dijo Lolo Sainz el día de su muerte que la vida le había perseguido demasiado deprisa. La suya fue una biografía fulgurante, con una inspiración para miles de niños y muchachos que jugábamos de pívot, pensando que también podríamos ser fuertes y ágiles, ganadores del gancho del instante final, con el 10 estampado sobre la camiseta, sin permitir que otros, más pesados o grandes, nos pudieran sacar de nuestra zona. Fernando Martín, con el Real Madrid y con la selección, demostró que el talento es la disposición hacia una fe más fuerte que la realidad, porque también podemos cincelar el alcance del cuerpo, si nuestra convicción y su carisma salen a ganar su propio espacio.
Hoy, 25 años después de su muerte, recuerdo unas palabras de su hermano Antonio en una entrevista muy reciente, afirmando que le resulta difícil imaginarlo ahora, porque Fernando murió con 27 años y él tiene ya 48. Entonces nos parecía grande, inmenso, una especie de Aquiles en la cancha y también fuera de ella, como si la competición, y el propio baloncesto, estuvieran de paso por su vida. Yo le sigo mirando con los ojos de entonces, los de ese mismo chaval de 12 años que lo vio a la salida del Palacio de los Deportes, después de un partido contra el Joventut. Sigo descubriéndome paralizado, al lado de mi padre, que me animaba a acercarme y pedirle un autógrafo. “Es que es Fernando Martín”, recuerdo haber dicho. “Pues por eso”. Pero Fernando levantó la vista y me animó a acercarme con un gesto. Mi padre entonces nos hizo una foto, y todavía recuerdo la impresión: no es que fuera grande, sino que había grandeza en su mutismo, en esa seriedad que resultaba acogedora desde su enormidad.
Uno sigue habitando su memoria. Estos días recuerdo los partidos de hace 25 años, su cromatismo y su agitación. El mundo era distinto, y sus dioses también. Ahora, cuando los de entonces ya no somos los mismos, aunque quizá sí, el héroe permanece con su intacta presencia, porque todavía representa la fuerza y la juventud del mundo.
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