Hemos reído, hemos llorado, nos han sorprendido, aprendimos, compartimos momentos emocionantes, alguien nos falló, triunfamos, nos esforzamos, hemos crecido, soñamos despiertos, alguien querido se fue, otros llegaron, tropezamos, rectificamos, mantenemos intacta esa esperanza inconfesable, alguna decepción nos machacó, un invitado inesperado nos hechizó, alguien nos rompió el corazón, el amor llamó a nuestra puerta, esa ventana que se cerró, más puertas que se abrieron… Soy de las que cultiva la memoria selectiva en positivo. Atesoro una infinita colección de recuerdos agradables y borro sin contemplación alguna los instantes tristes. Nuestro paso por este mundo es demasiado efímero para afligirnos con mala sangre, amargura, rencores y resentimientos. La vida debería medirse por momentos no por segundos.
Me quedo con el buen sabor de boca de un reencuentro insospechado. Con la calidez de un abrazo sincero. Con la satisfacción del trabajo bien hecho. Con la visión en una gélida mañana de febrero de ese almendro ya florecido. Con el sabor intenso del chocolate caliente (¡compartiendo cuchara!). Con el punto y final de esa columna redonda o con la última palabra que remata esa nueva novela que todavía no ha visto la luz. Con el esplendor hipnótico de un ocaso en un punto indeterminado de cualquier océano. Con los brindis cómplices. Con un guiño pícaro. Con ese “mírame a los ojos” que conmueve las entrañas. Con las experiencias, la cultura y el conocimiento adquiridos tras empaparse de cada nuevo destino. Con la calma que todo lo invade mientras sobrevuelas las nubes. Con la fascinación que te proporciona ese personaje que parió tu pluma y que en algún momento impreciso adoptó vida propia. ¡Y con las interpretaciones de cada lector! Un escritor cree que ha moldeado un protagonista bajo los dictados caprichosos de su imaginación y eso es incierto: hay tantos personajes como lectores porque cada cual lo hace suyo a su manera.
Me guardo en el diván de mis recuerdos el asombroso espectáculo del sol de medianoche -y el sol de enero-. Ese baile torpe pero espontáneo. La expectación por las pasiones que vienen y van, la nostalgia por las que nunca terminaron de despuntar y la intensidad por las que sabes que serán eternas. Porque no lo intuyes: lo sabes.
Capturo en la memoria las confesiones desgarradas de los amigos despechados. Los semblantes plácidos de las almas puras. Retengo los testimonios cargados de emoción de quienes se están ilusionando. El genuino olor a tierra mojada que evoca de dónde venimos.
Atrapo el cosquilleo que provoca ese mensaje picante. El cariño que comienza a fraguarse bajo el toldo de un quiosco de madrugada. El tacto de un pañuelo de seda. El anhelo creciente por el crepitar de la lumbre que se resiste. El tiento de la piel suave. Me guardo para siempre los besos de plata bajo la luna llena que culminan una velada inolvidable.
Retazos de pura vida. Un tiempo se aleja para no volver dejando tras de sí una estela de recuerdos agridulces, melosos, mágicos, amargos, triunfales, almibarados, enternecedores y felices. Mientras, el nuevo año se abre paso dibujando el camino de lo que está por venir. Destierren lo nocivo y aférrense a lo más bonito. Luchen por lo que les importa por muy inaccesible o lejano que parezca. No desfallezcan. Jamás renuncien a un sueño. A veces se encuentra agazapado a la vuelta de la esquina. Y por norma disfruten como si no hubiese un mañana porque a lo peor no lo hay. No solo como propósito de año nuevo sino para todos los días del resto de su vida.
- ¡Felicísimo 2015! Descansen, rían y disfruten. En pocos días volvemos a encontrarnos en diarioabierto.es

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