William Shakespeare, hoy: “El somni d’una nit d’estiu”

24/12/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

El sueño es una noche de verano es su fugacidad con la fiebre encrespada, con el paisaje fresco de turbación azul debajo de las copas frondosas de los árboles. Los troncos no son troncos, sino escaleras huecas que vuelan a lo alto, a la contemplación de una realidad en planos abiertos hacia lo inmaterial, hacia un reino de nueva fantasía afianzado en los dioses primigenios de un mundo sin edad. Esto es William Shakespeare, entre otras muchas cosas, en lo que dura El sueño de una noche de verano.

Desde que tengo memoria como espectador teatral, cuando vas a ver Shakespeare, lo de menos es Shakespeare: porque el original está en los libros, y lo hemos visto ya tanto, lo hemos paladeado tanto hasta la extenuación, sabemos tanto de él –incluso sin haberlo leído, porque está tatuado en el reverso de nuestra corteza cerebral-, que en el teatro, cuando vamos a verlo, pagamos la entrada por la escenografía, para ver esa atmósfera vertida sobre un texto que conocemos bien, que hemos visto otras veces, también en películas; porque ver Shakespeare, hoy, incluso si uno está en el Shakespeare’s Globe Theatre en Londres, no es exactamente Shakespeare, sino su interpretación, y también el aire de magia o de conquista que esa interpretación ofrezca. Digamos que un director teatral, hoy, si lo representa, puede optar entre reproducir lo consabido o tratar de explorar sus posibilidades expresivas, que son tan infinitas como la nube turbia que se extiende en su desconocida biografía. Por eso, para ver a un Shakespeare más canónico, lo mejor es sentarse en el sillón de nuestra biblioteca y escoger una buena edición de la obra que queramos. Pero si voy al teatro, y decido ver Shakespeare, espero que el director aporte su mirada y dé un valor añadido.

Por eso no comparto las críticas negativas que ha recibido, a mi modo de ver bastante injustamente, la fantástica versión de Joan Ollé de El somni d’una nit d’estiu. Pocas veces, en los últimos dos años, he visto en teatros de la propia Barcelona, de Madrid o Bruselas una aplauso tan unánime, tan entusiasta, tan lleno de esa vida milagrosa que genera el teatro cuando todo funciona, cuando es un ente orgánico proyectado sobre la superficie de butacas, ya tan integradas en el texto como la explosión de los actores convertidos en los personajes de un mundo soberano. Porque mucho hay que destacar en esta obra, desde la fantasmagórica y sugerente, gótica y al mismo tiempo fresca escenografía de Sebastiá Brosa, hasta la extraordinaria, tocada por el duende atlético y feliz y esa gracia ambigua, plegada de matices, del Puck creado por Pau Viñals, hasta la hermosa música de Manos Hadjidakis y Dani Espasa, tan bien interpretada por este último y por Gregori Ferrer. Pero es la totalidad, es el cuerpo orgánico de la representación, fastuosa y moderna, con un ritmo endiablado, tan viva como Shakespare, cromática y vibrante, lo que nos hace estar dentro del escenario, asistir a la representación final sin conciencia del sueño, sino de noche verdadera y viva.

Con Shakespeare se puede hacer una cosa antigua que no nos diga nada, porque siempre es mejor vaciar la lectura en el texto encendido. Pero aquí, en esta turbación nocturna del verano, de la luz y el deseo extendido en la tierra, con la fantástica presencia del propio William Shakespeare –genialmente interpretado por el pianista Gregori Ferrer, como una imagen fantasmal que llega desde el fondo del bosque- amparando el desvelo de los corazones en la oscuridad, la modernidad potencia esa evocación del vigor juvenil de nuestros viejos sueños.

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