La sustitución de la vieja fórmula izquierda/derecha por la de arriba/abajo propuesta desde Podemos, ha descolocado el panorama político español y está en la base de la amplia aceptación ciudadana de la nueva formación política.
Anclada sólidamente en la doctrina marxista y su enfrentamiento entre trabajadores y empresarios y con el precedente de la revolución francesa, la confrontación izquierda/ derecha reunía a la vez la lucha por lo más material, el dinero en disputa, y por lo más elevado, la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Abandonado el comunismo en su vertiente material voluntariamente por quienes habían llevado a cabo la revolución proletaria, primero la URSS y sus países satélites, después China y ahora Cuba, nos vemos en la paradoja de que lo que queda de ese movimiento es un conjunto de países ( China, Vietnam…) que lo que hacen en la práctica es alimentar el más salvaje de los capitalismos, al prohibir a los trabajadores incluso el derecho de huelga, aparte de privar al conjunto de la población, incluido los trabajadores, de las más elementales libertades de libre asociación, manifestación o expresión. Y no digamos voto.
Como consecuencia, la producción industrial se trasladó a los países en los que se podía encontrar mano de obra barata y dócil ( sojuzgada) – los comunistas. Si comparamos la situación desde 1970 a la actualidad, España ha pasado de tener un 44% de la población en industria y construcción a un 20%. Los obreros españoles han sido sustituidos por obreros chinos.
Las clases emergentes
Exportada la producción industrial y cerradas las fábricas, la gente ha buscado las alternativas que ha podido.
Y las ha encontrado en las microempresas y autónomos. Junto a los cinco millones de parados y los tres millones de servidores públicos, existen dos millones setecientas mil empresas con menos de 10 trabajadores y tres millones de autónomos. Ahí es donde hoy trabaja quien puede.
Por ser empresarios o autónomos, no pueden ni entrar por la puerta de un sindicato. En los partidos políticos “ de izquierda “ son sospechosos de explotar al obrero. Quien esto firma hizo un periódico en Madrid en 1986 para tratar de frenar el derrumbe de “ la izquierda “ y fue por eso estigmatizado como “ empresario “, es decir, enemigo de clase.
En esas circunstancias, nadie tiene que sorprenderse de que los términos izquierda/derecha sean sustituidos por arriba/abajo, porque esos empresarios o autónomos solo expresan el afán de supervivencia. Y han sido los dirigentes de Podemos los que han identificado el nicho social y le han sacado a la luz.
La conclusión es que la lucha de clases hoy en España no está protagonizada por los obreros de la industria, que son dos millones de asalariados, sino por los tres millones de servidores públicos a los que se han recortado derechos y sueldos, por los ocho millones de pensionistas a los que se recortan sus pensiones y sobre los que pivota el mantenimiento del estado de bienestar para sus familias, por los dos millones y medio de parados que ya solo cobran el 60% de lo que cotizaron, por los otros dos millones de parados que ni siquiera cobran eso, por los millones de pymes que tratan de sobrevivir sin acceso al crédito, por los tres millones de autónomos, por los pequeños inversores estafados por las cajas de ahorro y bancos o por el Estado PPPSOE en mi caso y en el de quienes invertimos en energía solar. Incluso médicos y jueces, tenidos normalmente por conservadores, se han movilizado durante esta crisis al ver cómo la sanidad o la justicia eran machacadas.
Mientras tanto, la gran empresa ya se ha recuperado, las grandes fortunas aumentan su proporción en la riqueza y los especuladores financieros han sido recompensados por PPPSOE con un trato de favor al modificar en su beneficio la Constitución.
En otras palabras, abajo trabajadores, parados, autónomos, pensionistas, pymes y pequeños inversores y arriba las grandes fortunas y empresas y, algo más arriba, incluso de los gobiernos democráticos, los capitalistas, los que solo se dedican a especular con el dinero que tienen fuera de control o con un impuesto ridículo previo acuerdo con gobiernos títere como el de Luxemburgo, cuyo titular hoy gobierna la Unión Europea.
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