Cuando llegué a Boston, al tiempo que me empollaba el diccionario, con el noble propósito de mejorar mi paupérrimo nivel de inglés, me propuse leer el diario New York Times.
La biblia del periodismo prestaba atención incesante a Mario Cuomo, el gobernador de Nueva York -que acaba de fallecer a los 82 años, de una insuficiencia cardiaca, horas antes de que su hijo jurase como reincidente gobernador del estado- un abogado nacido en Queens, de padres emigrantes, con el agravante de su origen napolitano.
Doctor en derecho, fue rechazado por los más prestigiosos bufetes de la ciudad por carecer del pedigree necesario para servir a las grandes corporaciones y a los ricos clientes de los grandes despachos.
Craso error porque el muchacho, listo como el hambre, culminaría una carrera meteórica en el partido demócrata que lo convertiría en la máxima autoridad del estado de Nueva York. El sueño americano en estado puro.
Pues bien, Cuomo, que salvó a los neoyorkinos de la quiebra y gobernó con compasión una ciudad sin piedad fue, durante el tiempo en que viví en Estados Unidos, la ‘coqueluche’ de los demócratas para tratar de arrebatar el trono a Ronald Reegan. Pero hamletiano, -bondadoso y vehemente. Ingenioso y audaz- en este particular, nunca dio el paso adelante.
Católico, valiente en el controvertido tema del aborto y en la abolición de la pena de muerte en su estado, siempre tomando partido por los más débiles, el gobernador nunca daría el paso definitivo para convertirse en una opción de recambio en la Casa Blanca a pesar de su carisma y elocuencia, cuando el gran discurso en la Convención Demócrata del 84.
Cuando tuvo que tomar la decisión final, eligió quedarse cerca de los ciudadanos que lo habían votado para que combatiese los graves problemas que asolaban un estado y una ciudad emblemáticos.
En la batalla por la alcaldía de la Gran Manzana no pudo con Ed Koch, judío y homosexual, que siempre le ganaría. Para el New York Times, ambos dos fieros gallos de pelea, que se hicieron dignos de la admiración del gran rotativo, a golpe del que yo conseguía mejorar mi escuálido inglés.
Para este escribidor, Mario Cuomo fue motivo permanente de atención y referente por su ejemplo de lo que debe ser un servidor publico, pendiente del interés común, de los más apremiados, un napolitano que supo ganarse el corazón de unos ciudadanos endurecidos por el cinismo de tantos políticos sin entrañas. Cuomo las tenia, vaya si las tenía.

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