La guerra aquí

08/01/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

La guerra ya está aquí, porque el mapa no es el territorio. Nos ha fallado la previsión del terror, esa prevención cuando los golpes se pueden tantear a un metro de distancia. Aquí, la explosión ha sido en plena cara de la sociedad occidental: unos dibujantes satíricos que han ejercido, sanamente, su libertad creativa, reconvertida en libertad de expresión, y han pagado con la vida el desarrollo normal de su trabajo, esa crítica burlona del fanatismo islámico. Por mucho que pensemos que los filos sangrantes que coartan nuestra libertad se agitan lejos de aquí, hace ya mucho tiempo que están, se mueven y respiran entre nosotros. No se trata de convivir con nuestras libertades como si viviéramos en un régimen dictatorial, pero tampoco podemos olvidar que el totalitarismo religioso está que arde, con sus aguerridos militantes dispuestos a inmolarse y a matar por una simple viñeta que, en nuestra sociedad, se olvida al día siguiente de la noticia. Nos ha faltado la conciencia del daño, saber que en este tiempo ejercer el derecho de dibujar o escribir ciertas ideas, sobre todo si se critica al integrismo musulmán, puede verse pagado con la muerte, a cuchilladas o con un tiroteo a domicilio. Mientras el Estado nos garantiza una seguridad colectiva cada vez más precaria, hemos de ir ganando la conciencia de que el enemigo se encuentra entre nosotros, porque nuestro sistema de convivencia, con sus sombras eternas, como la corrupción política que acampa por Europa, garantiza al menos una relativa libertad de expresión por encima de todos los fanatismos religiosos, de apostasías y fervores íntimos, porque hemos superado el alegato de que la revelación religiosa es el único argumento de la obra, que diría Gil de Biedma. En la sociedad moderna, cada cuál es libre de elegir su sistema de representación, su indolencia, su hastío o su combate dentro de los límites de una fuerza pacífica, y por eso aquí, matar, o ser matado, por algo tan inocente como un dibujo, con su carga interior, hasta hace poco, nos parecía imposible.

Pero ya no lo es. Hace ya demasiado que ha dejado de serlo, y por eso tenemos que cambiar nuestra relación con la actualidad, con su latido íntimo y su grito. Hay que estar a muerte, y nunca mejor dicho, con la libertad de expresión, pero sabiendo que es eso, precisamente, lo que se ha puesto en juego: la vida y su penumbra, el filo descarnado con su noche reptante. No se trata sólo –aunque no venga mal- de llamar a la calma, porque el nervio encendido sólo puede traer un colapso social. Pero cuando ya existe una declaración de guerra, con sus primeras víctimas, conviene no subestimar el grito que antes ha cantado nuestra aniquilación. Por eso Europa debe contemplar todos estos ataques con su metralla tensa de verismo: porque es nuestra libertad lo que se ataca, pero son nuestras vidas las que corren peligro. Hay que vivir sin miedo, pero ya con la alerta contenida en el cuerpo.

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