¡A las que aborrezcan los piropos que los dejen todos para mí! Al paso que vamos, en breve, algunas femibobas también proclamarán lo inapropiado que resulta tontear, pelar la pava, enamorarse y hasta fornicar. Y de ahí a la desaparición de la especie por la demonización de todo lo que desprende masculinidad hay un paso, oigan. Puntualización clave: una grosería, una expresión soez, una proclama de mal gusto no es un piropo; es un insulto, un improperio, una ofensa. Dicho esto, intuyo que las que sugieren vetarlos (más educar y menos prohibir) no recibieron jamás uno en condiciones. De los que te hacen sonreír, te ruborizan cosa fina, recuerdas de por vida o archivas en el baúl de tu memoria. Y a lo peor tampoco pronunciaron ninguno. Porque el arte de piropear es multidireccional. Las damas también lisonjeamos a los varones de buen ver y mejor catar e incluso a otras hembras que lo merecen (¿o es que solo pretenden erradicar los halagos provenientes del género masculino?). Las que detestan la galantería tampoco debieron reparar en que portentosas obras universales de pintura, poesía, música, escultura o literatura de todos los tiempos son piropos en estado puro que ensalzan la gracia y la belleza femenina, dejando patente la admiración hacia la mujer. Un verso de Bécquer es un piropo; y una escultura de Bernini, un retrato de Rembrant, una estrofa de José Alfredo…
Soy defensora a ultranza de la concienciación social hacia cualquier tipo de agresión, degradación o discriminación en contra de la mujer (a la hemeroteca de mis escritos o a mi propio estilo de vida me remito). Pero también aborrezco el victimismo “en femenino” porque hace daño a las mujeres independientes, preparadas, valiosas, profesionales y honestas. Condenar a los hombres per se, como si fuesen el enemigo, es un disparate. Da grima esa hipersensibilización creciente hacia la masculinidad que se intenta equiparar con machismo innato, egoísmo o insensibilidad.
Parece que últimamente nos quieran imponer la confrontación vital: ateos frente a religiosos, progresistas frente a conservadores, homos frente a heteros, señoras versus señores… Muchos obtusos no se percatan de que la diversidad engrandece: esa disparidad dignifica una sociedad rica en matices, pareceres, puntos de vista, formas de ser y entender la vida.
Yo reivindico la hombría y sus particularidades. El que te cede el asiento o te abre gentilmente la puerta también domina los fogones, el que derrocha férreo carácter regala sensibilidad cuando es necesario, al que recurres cuando te sientes frágil buscará tus manos para enjuagar sus lágrimas, el que te piropea con picardía sabrá colmarte de ternura cuando proceda; entregarse como amante fogoso no es incompatible con ser un cómplice cariñoso. La caballerosidad no está reñida con la virilidad, ni la virilidad implica misoginia.
Somos iguales en derechos y obligaciones, pero contamos con características propias de cada género -y de cada individuo- que convierten en apasionante la convivencia entre hombres y mujeres. Supondría una tragedia privar a nuestras hijas de la vorágine del flirteo audaz, del palpitar acelerado durante el juego de la seducción o de ejercitar el ingenio concatenando halagos de los que cortan la respiración. Señores del mundo: mi firme intención es continuar cultivando el noble -y tan español- arte del requiebro. ¿Ustedes me lo permiten?

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