Bien podría ser el título de uno de los guiones con los que las guerras en Irak y Afganistán están llamadas a convertirse, en los años venideros, en un caladero inagotable para los libretistas de Hollywood.
El casting podría tener como protagonistas a estos cuatro personajes:
David H. Petraeus. General four-star, casado, graduado en West Point y doctor en relaciones internacionales por la Universidad de Princeton. Jefe de las tropas americanas en Irak y Afganistán, Director de la CIA y actualmente, socio de KKR -Kohlberg Kravis Roberts- uno de los private equity más importantes del mundo.
Paula Dean Broadwell. Escritora. 43 años -casada y madre de dos hijos- que, tras graduarse en West Point, trabajó como oficial de inteligencia del ejército. Amiga sobrevenida del general, al que conoció en la Kennedy School of Government (Harvard), y que acabaría por instalarse -durante un año- en Afganistán, con el fin de documentar, a golpe de entrevista, la biografía del regente en el avispero talibán.
Gilberte «Jill» Khawam Kelley. Voluntaria social, nacida en Beirut en una familia católica-maronita. Huyó siendo una niña a los Estados Unidos. Casada, 40 años. Con sólidas relaciones entre los peces gordos del CENTCOM -Mando central del ejército de Estados Unidos- en la base aérea de McDill, Tampa (Florida).
John R. Allen. General del cuerpo de marines. Casado y sexagenario. El alto mando que más tiempo ha servido en aquella guerra, dirigiendo la lucha contra la insurgencia, entrenando a las tropas afganas y supervisando la retirada de 33,000 soldados. Amigo muy sentido, -rozando el infinito- de la maronita.
Completando el elenco, como actores de reparto:
Holly, mujer del general ex director de la CIA.
Scott, esposo de la biógrafa y radiólogo en Charlotte (Carolina del Norte).
Kathy, señora del Marine.
Dr. Scott, marido de la libanesa, cirujano oncológico en Tampa.
Natalie, hermana gemela de Jill.
Frederick Humphries II, agente del FBI y amigo de la maronita.
Robert Barnett, abogado en Washington, coach de aspirantes a la Casa Blanca y encargado de orquestar la rehabilitación de la lastimada imagen del héroe de Afganistán.
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La estructura del guion, en tres actos, podría ser la siguiente:
Acto I– El general David Petraeus, jefe de la última fase de la presencia de tropas norteamericanas en Irak, ha alcanzado relevancia internacional por haber logrado -en condiciones muy adversas- facilitar la retirada de la guerra. Por los servicios prestados, Obama le recompensa confiándole el mando de la misión en Afganistán, hasta su pase a la reserva, en 2011.
Pero Petreaus, uno de los militares más laureados y respetados de la historia de Estados Unidos, va cayendo en las redes de Paula Broadwell, experta en inteligencia militar, que se ha plantado en Kabul con la pretensión de completar la biografía del jefe de las tropas. El general, en el estrépito de su romance, consentirá que lo acompañe en sus desplazamientos sobre el terreno, al tiempo que le permite acceder a material sensible.
Finalizada su misión en Kabul y en el ocaso de su carrera militar, el general regresa a Washington, donde Obama -que tiene fuego en los servicios de inteligencia- lo propone como director de la CIA con la misión de “adaptar la agencia a las nuevas necesidades de espionaje y a las exigencias de las actuales restricciones económicas”. Pero dejará el trabajo a medias.
Acto II– Jill Kelley, la libanesa maronita, se mueve como pez en el agua en el ambiente social de los militares de gran cilindrada que bullen alrededor de la neurálgica base de McDil. Y es muy activa organizando jolgorios en su mansión de Tampa, en la que recibe a sus invitados con las extravagancias que tanto gustan a las celebrities: cuartetos en la hierba, habanos con champán y bufets con caviar a tutiplén.
John Allen, el general de marines, a quien el presidente quiere como comandante supremo de las tropas aliadas de la OTAN, pierde la cabeza por la maronita, con la que llega a intercambiar docenas de miles de páginas de unos mails, tan explícitos, que derivan en sexo telefónico. Y en medio de tanto trajín, hace caso omiso a los correos que, de forma anónima, le envía Paula y en los que le aconseja que se mantenga alejado de Jill.
Y así es como los dos brillantes generales four-stars, sesentones -bordeando la reserva aunque en el cénit de sus carreras- lejos de casa, en territorio comanche, con las rutinas y los ‘demons du Midi’ activados, sucumben a los encantos de dos refrescantes cuarentonas, listas como el hambre, que terminarán -vaya por Dios- haciendo añicos las brillantes trayectorias profesionales de sus amantes.
En efecto, serán unos celos patológicos los que vengan a complicar -del todo- este enredo de damas y generales cuando a Paula -que ha visto en Internet fotos de los festolines que organizan Jill y su hermana Natalie, en las que asoman los flirteos de la maronita con los generales- no se le ocurre nada mejor que empezar a intimidar a su rival.
Pero la asediada libanesa le cuenta a Frederick Humphries II, -un amigo agente del FBI- que está siendo víctima de acoso cibernético, en forma de mensajes amenazantes. Y éste, sin pito que tocar en este caso -al que no está asignado- pero con ganas de hacer méritos con la libanesa, se mete de hoz y coz hasta que sus superiores le paran los pies.
Acto III– El escándalo está servido y el FBI se pone manos a la obra para investigar la denuncia de acoso. Y el examen de los mails cruzados entre la escritora y el general delatan la relación extramarital de ambos, quedando también probado que habría sido ella la que enviaba los correos a Jill, celosa, al sospechar que su idolatrado general estaba empezando una relación con la libanesa. El ídolo de Kabul estaría soplando -con la biógrafa- y sorbiendo -con la libanesa-. La maldición Baudelaire.
Pero lo más peliagudo de todo es que el director de la CIA habría estado dando acceso a Paula a su dirección de correo en la agencia y -aunque Obama le respalde como “uno de nuestros más grandes patriotas, cuyo servicio ha hecho nuestro país más seguro y más fuerte”– cuando se entera de que Paula ha estado acosando a Jill, -amiga desde tiempo atrás de la familia- admite la existencia del romance y, tras presentar su dimisión, pone también punto final al idilio con su biógrafa. En su ejercicio de penitencia pública, reconoce haber tenido ‘muy pobre juicio’; y tanto cuando es sabido que el adulterio está penado en el ejército norteamericano con la expulsión.
Para cerrar el plano, el director del FBI y el Fiscal General deciden ocultar el pastel, hasta después de las elecciones presidenciales del 2012. Con este retraso, se pretende no dañar las posibilidades electorales de su protector –Obama- al tiempo que se dosifica el anuncio de una conmoción para la sociedad norteamericana, no sólo por la notoriedad del personaje, sino por el disparatado manejo de asuntos personales mezclados con los secretos del país.
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Y hasta aquí, el guion, pero la historia real aún colea como para dar lugar a uno o dos spin-off.
Tras cuatro décadas de servicio a la nación, en el intercambio de correos que mantuvieron Paula Broadwell-‘Kelleypatrol’ y el general Petraeus-‘Dangerous Dave’ (mientras él era director de la CIA) habrían utilizado tretas -habituales entre terroristas y traficantes de drogas- que consisten en que los mensajes que se envían no tienen herramientas de codificación y se almacenan -como borradores- en una cuenta a la que ambos tienen acceso; uno guarda el mensaje en la carpeta de borradores y el otro lo borra después de leerlo. Y vuelta a empezar.
La biógrafa -que había codirigido un centro de estudios de contra-terrorismo en Boston, en mi querida Fletcher School- sabía latín. Y el jefe de la agencia, mansamente apelelado, cayó en el ardid de la gonzesse.
El FBI, utilizando metadata electrónicos -que identifican tiempos, lugares y direcciones IP- averigua que ‘Kelleypatrol’ es Paula Broadwell- la cual tuvo acceso al correo electrónico del ex jefe de la CIA, por lo que recomienda –junto a la Fiscalía- presentar cargos contra él, al considerar muy grave haber facilitado a su amante el acceso a información sensible de la agencia.
En el inconsciente de Obama, la historia de amor -entre Carrie, una analista de la CIA y Brody, un militar convertido en terrorista yihadista- de su serie de televisión preferida, “Homeland”, podía anidar como el presagio que le estaba avisando de que el affaire lo tenía servido en el Pentágono.
Pero sus amigos y aliados políticos arguyen que todo este asunto no es más que una ‘ridícula caza de brujas’, en la que se silencia su voz y se prolonga -sin resolver- una larga investigación, marcada por filtraciones procedentes de fuentes anónimas. Lo que, concluyen, no es juego limpio. Esto también nos suena.
Su mujer, Holly, hija de un general four-stars y pedigree militar, con 23 mudanzas a cuestas, después de 38 años de matrimonio con el apuesto militar -al que conoció en una cita a ciegas, cuando este no era más que un joven cadete en West Point- se ha dedicado a ayudar a familias de militares con problemas financieros, al tiempo que su marido iba ascendiendo en el escalafón. Pero Holly se ‘abandonó’, ensanchó y a sus 57 años parecía la abuela del general: “Mom, apple pie and pit bull”. La infidelidad de su marido se veía venir, a pesar de que ella había sido una roca en la que él se había apoyado. Pero la sangre -del idilio- parece no haber llegado al río y no hay –por ahora- indicios de divorcio.
Broadwell -que ha soportado cómo el FBI entraba a saco en su casa, a la busca y captura de información clasificada- se ha atareado en ayudar a soldados con heridas de guerra y aunque no ha dicho una palabra sobre este asunto parece que habría rehecho la relación familiar con su marido, Scott, radiólogo en Carolina del Norte.
Las hermosas gemelas libanesas, que tanto habían lucido en las fiestas con los militares, se eclipsaron el día que se les impidió la entrada a la base de McDill. El FBI habría descubierto que la relación entre Petraeus y Jill no era tan platónica como defendía el hermano de esta, abogado, ya que el forensic que desveló la identidad de Paula también destapó los tórridos correos intercambiados entre la revoltosa socialite y el otoñal general, 30,000 páginas de mails -cargados de sexo- entre Tampa y Kabul.
Pero los problemas no acaban aquí para la católica maronita, a raíz de ciertas irregularidades detectadas en la financiación de la «Doctor Kelley Cancer Foundation«, creada por ella y su marido para atender los últimos deseos de enfermos terminales de cáncer. Y es que parece que la mitad de los 160,000 dólares recaudados habría ido a parar a comidas, relaciones públicas, automoción y gastos de oficina. Otra forma de distraer -de forma criminal- fondos donados por gente de buena fe.
Por su parte, el general John Allen, con un perfil más discreto que su antecesor, ha anunciado que se retira del Ejército a pesar de que la Casa Blanca -una vez que el Pentágono lo hubo exonerado de cualquier responsabilidad por el ‘caso Petraeus’- había apostado por mantener su nombramiento como jefe militar de la OTAN premiándole con este cómodo retiro que no hacía sino añadir prestigio a su historial -siguiendo la estela de Eisenhower- Pero, finalmente aquello, tampoco pudo ser.
Él también fue blanco de la seducción, en su caso, de la libanesa que jugaba a dos o más bandas, como acertaron a descubrir los sabuesos del FBI. Pero Allen tuvo reflejos al anunciar que penaría sus andanzas ocupándose de cuidar a Kathy, su mujer enferma.
Y no faltaron los malpensados que interpretaron la retirada como una maniobra para evitar que se volviera a sacar a colación su implicación en el incómodo affaire. Pero tras la investigación sobre el intercambio de correos entre el general Allen y la mujer que denunció al FBI haber recibido amenazas por parte de Paula Broadwell, el inspector general del Pentágono dictaminó que la conducta del marine no había contravenido el reglamento militar, quedando todo, finalmente, en una inocente “comunicación inapropiada”.
Después de haber logrado sobrevivir a dos guerras y a un cáncer de próstata, el general David H. Petreaus tiene por delante un complicado horizonte penal, que le puede llevar a la cárcel. Pero el admirado militar, en su ocaso, no se rinde:“al fin y al cabo uno aprende que la vida no se para por un error, debe continuar”.
Y todo ello porque no supo parar -en seco y a tiempo- a su joven biógrafa, que, intrépida y celosa amante, pisó la línea roja de la información clasificada.
La pregunta que cabe hacerse es ¿se perdieron los generales en lo banal? Cabría pensar que lo que les habría sucedido es que, en vez de buscar una muerte gloriosa, a lo Aquiles, se dejaron arrastrar por los fuegos de Afrodita. Porque, incluso los grandes hombres, como todos los mortales, están hechos para el amor. Pero ocurrió que, por sorpresa, lo que tenían cohibido fue descubierto y, no contentos con la alta consideración propia y la de los demás, al final, buscando la paz y tratando de acallar el sonido del viento, encontraron la destrucción, la suya.
La historia se repite, grandes hombres, bajas pasiones. Y, otra vez, la maldición de Baudelaire: “La vida es un hospital donde cada enfermo está obsesionado por el deseo de cambiar de cama”, que no da cuartel.
En este caso, nunca mejor dicho.
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