Muerte Anita Ekberg y los zapatos se me anegan de agua, con la noche romana helando de tristeza mi pantalón mojado en la Fontana de Trevi, bajo una catarata que es un licor de años, con la temperatura caliente de la noche. Hay que encontrar leche para el gatito que se acurruca en el pecho blanco de Anita Ekberg, entre sus brazos cálidos, de una turgencia que desatará un aullido en el vientre agitado de la noche. Muere Anita Ekberg y veo las fotografías de este pedazo de mujer, que siempre ha sido más que su voluptuosidad: su mirada felina y acendrada, esos ojos enormes como faros abiertos en la niebla de los vientos cambiantes, con el hambre constante del deseo derretida a sus pies: porque hay una mujer que es femenina y gigantesca a la vez, como en el poema Las gigantas y la respiración, de José Luis Rey, y algo había también de exceso bíblico en su belleza atávica, desnuda y visceral, como si al poseer el cuerpo latente de la Ekberg uno pudiera tener entre sus brazos a todas las demás mujeres de este mundo.
¿La hemos tenido alguno? ¿Qué hombre la encontró tumbada en el sofá, en una tarde umbría de domingo, dispuesta a disolver las horas en la lenta minucia de la piel, en esa parsimonia de su tacto rotundo? Quizá, igual que Rita Hayworth, cuando se quitaba el disfraz de Anita Ekberg sólo aspiraba a pasar los días junto a una chimenea de piedra, con una camisa de franela, viendo pasar el tiempo en el calor dormido del hogar. Pero también, igual que Rita, Anita era la dueña de una proyección del sueño próximo, de la acumulación lactante y sostenida de una sensualidad histórica. Más allá de su papel icónico en La Dolce Vita, cuando veo a Anita Ekberg en las fotografías me encuentro con una especie de revelación del eterno masculino, o lo que el eterno masculino podría esperar de la vida si se le extendiera un cheque en blanco con las respiraciones del deseo: porque no hay nada en esa mujer que no merezca ser tocado y contenido, amasado en la lenta suavidad del segundo que inaugura su nueva eternidad.
A pesar de haber sido reproducida en millones de imágenes, hay algo en la mirada de Anita Ekberg que parece no haber sido descifrado todavía, una especie de misterio anterior a sí misma, acerado y profundo en su serenidad de mar de fondo. Si la sexualidad desorbitada –que es un rango distinto a la sensualidad y se vuelve animal en su contorno- pudiera ser la puerta a otro tipo de conocimiento, algo en Anita Ekberg parece estar a punto de revelarse en nuestra retina efervescente, en la carnosidad de una tristeza que luego, bajo el agua, en mitad de la noche romana de nuestra juventud, podría aventurarnos en esa intimidad de madrugadas que imaginara Alain Fournier en El gran Meaulness, Cesare Pavese en El diablo sobre las colinas, Sergio Pitol en Vals de Mefisto o el gran Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa. Todos podemos ser el Pijoaparte, todos podemos ser Marcelo Mastroianni siguiendo el rastro alado de la ninfa, hasta una amanecer que nos contempla en la debilidad de la mañana. Pero antes, apenas unas horas, todos hemos corrido por las calles de Roma, hemos bailado dentro de una fuente con los dioses despiertos y hemos visto las puertas del viejo paraíso.
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