La ciudadanía recupera su Conciencia de clase y David Mayor la escribe como una identidad. El pueblo se levanta y nosotros nos enamoramos. El pueblo se decide ya a ser pueblo, a hacer de la memoria de la lucha en la calle una vindicación no de la ideología, sino del amor y la familia, de un entendimiento de nosotros que nos hace mirar a nuestro entorno como una puerta nueva que nos lleva al pasado. ¿Qué es lo que ha ocurrido en las calles de España? ¿Qué ha cambiado en los últimos tres años? Que hemos recuperado su latido, que hemos vuelto a tomar el pulso de la acera, la sangre en Gamonal, una Puerta del Sol que fue la antorcha viva de los fuegos pacíficos, armados del discurso de las viejas palabras, de su gesto de arterias que nos puedan unir. Necesito un país, cantan Marwan y Nasch, que se arranque la tristeza. Gente buena porque sí, corazón en la cabeza. Todos necesitamos un país, un estado de sitio frente a la amenaza más rapaz, a cuchillazo gubernamental, pero también conciencia del lugar, con nuestra luz sombría, con nuestro nuevo verbo huracanado, pero también con la conciencia plena de ocupar un puesto, nuestro espacio, que es memoria de un rostro y una voz milenaria.
Hace unos años, si alguien hubiera titulado un libro de poemas así, Conciencia de clase, habría sido acusado de anacrónico, con aquello de que las ideologías habían muerto, como si el hombre pudiera aspirar a serlo sin su moral de uso. David Mayor titula su libro Conciencia de clase y la dirección es doble en el disparo: conciencia de clase social, ética, pero también emocional, íntima y familiar. Conciencia de uno mismo, de un lugar en el mundo, de un hueco al abrigo de las conversaciones que quedaron pendientes, pero también de insumisión y rabia, con el esplendor del recuerdo.
“La prosa es un día cualquiera que nos lleva. A nuestro alrededor se extiende la prosa del mundo”, escribe David Mayor en A través de mi padre, uno de los grandes poemas del libro: “Miro la tranquilidad de este retrato, la quietud que tiene y el mundo parece quedarse desierto de sí mismo y sólo el silencio pone los acentos a lo que uno está viendo en su memoria (…). Un estrépito sordo: ser hijo del aire y del recuerdo”. Esta es la conciencia, el orgullo de clase personal, su simiente larvada en la fotografía que también somos, que seremos nosotros. Somos un millar de imágenes trenzadas, o “la propia verdad como propia incertidumbre”. El animal herido todavía se revuelve, y levanta el poema. Su conciencia de clase no será destronada por ninguna página.
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