¿Pero quién fue, realmente, Aníbal Turena? No podemos saberlo con seguridad. Su perfil se pasea con radiante elegancia, en su altiva esbeltez, entre los espejos lujosos con su marco dorado, mostrándonos el juego de focos y de honduras, con sus luces sombrías, en las escasas fotografías en blanco y negro que tenemos de él. Rescatado de la penumbra opaca del silencio literario por Luis Antonio de Villena en su novela – ¿novela, ensayo, biografía relatada?- Majestad caída (Alianza, 2012), ahora la editorial Renacimiento publica su único libro recuperado: Coral de carne, una colección de poemas que ilustran la rareza de una vida olvidada, pero no perdida, en esa geografía de imantación que abandonó la España más oscura para adentrarse entre la luz porteña.
Sabemos que nación en 1900 y murió en 1950. Luis Antonio de Villena lo descubrió con un primer poema, surrealista y escrito en francés, en un número de 1935 de la revista “Gaceta de Arte”. También José Bianco, novelista y crítico argentino, y secretario de la legendaria “Sur”, le enseñó varios poemas publicados en los años 40. Tanto él como Silvina Ocampo recordaban a Turena, su efigie de exiliado con encanto francés, viviendo en la pobreza que superaba con refinamiento. Antes de Majestad caída, Villena ya lo había introducido como personaje en el relato Noticia de un desconocido: el poeta Anibal Turena, en su libro Para los dioses turcos. También hay otro hilo que se ofrece en la lenta madeja de su historia: la traducción del propio Aníbal Turena de la Fedra de Racine, publicado en la CIAP en los años treinta, que el escritor Juan Bonilla encontró en un sótano de Buenos Aires. El resto de la historia es conocida para la pequeña cofradía, cada vez más amplia, que sigue las andanzas de Turena: Villena supo, por el propio Bianco, que había logrado dar con Emilio Blonberg, que había sido, en su primera juventud, último compañero de Turena. Fue así como se supo que el pintor y poeta español, cansado de una existencia cada vez más ardua, extenuado por la penuria del exilio, había abandonado Buenos Aires en 1948, rumbo a Paraná o Misiones, donde acabó sus días. Por entonces ya había enviado a Emilio Blonberg el mecanoescrito del libro de poemas que llevaba escribiendo varios años: Coral de carne.
Escribe Juan Bonilla en el prólogo: “Hoy, naturalmente, por suerte, su libro no causará escándalo alguno, pero sí, espero, puede que suscite algo la curiosidad de los lectores por una figura que merece agregarse a la gran cabalgata de nuestros poetas menores de su época, cabalgata en la que figurará con una voz, un color, unos matices muy propios y personales. Los de un poeta que, más allá de sus penosas circunstancias personales, supo escarbar en el espejo de sus madrugadas para extraer estos poemas”.
Tenemos, entonces, un libro perdido de un poeta español que, según parece, fue terminado de escribir hacia 1948, y que se publica, por primera vez, en 2014, gracias al impulso de Luis Antonio de Villena, Juan Bonilla y Abelardo Linares, editor de Renacimiento, dando a los lectores la sorpresa de un poeta de voz personalísima, moderna y agitada, de estética homoerótica y verticalidad estilosa, directa en el decir, grecolatina y lumpen, que necesariamente habría escandalizado a los lectores de 1948.
Como escribió Jean Cocteau –y rescata el propio Turena como cita en sus Coplas de sol y tiniebla-, “El poeta está a las órdenes de la noche”. Mucha nocturnidad hay en los poemas de Aníbal Turena, marginalidad y derroche, con los muchachos griegos tumbados en cubierta, en la nave perdida que amanecerá bajo el sol de la decadencia. Hay lugar, claro, para el amor más puro: “Pero yo te quería, vivamente, / como se ama una tarde el agua transitoria”; pero, especialmente, hay turbación del sexo como pulso que mantiene la vida en su explosión hacia el conocimiento. Excelente es el poema Pecados de Magdala, que acaba con María Magdalena bebiendo de la boca de San Juan, como una reveladora trinidad: “Guardad en secreto este amor / santo. Yo estoy con vosotros, hijos de mi pasión”. Dormías y Lección de anatomía son dos poemas muy buenos, pero en Desastres leemos maravillas sensoriales, hondas y vitales como “Sentir el sabor hermoso de sus vinos ásperos en el figón de mi pueblo (…). Me apena sentir que no conoceré torneos ni paramentas, el sonido agraz de las lanzas, el latín oscuro de las iglesias, o la voz del teólogo que puede componer un poema de amor, al abrigo del viento, en su celda, una oscurísima noche de invierno”. Y es aquí donde comienzan los grandes poemas del libro, con su brillo de vanguardia y de modernidad.
En Grecoegipcio, leemos que “Estuvimos con Cleopatra en Actium / y huimos con ella (…). / La vida es absurda: todos (la reina también) / todos, el amor, la vida, morimos en Actium. / En el mar de los griegos, hace mucho, infinito / tiempo de luz, de fe, de espacio, de esperanza… ”. Porque con Grecia murió una sensibilidad, una manera de comprender la vida, de entenderla más ancha y más hermosa: como leemos, también, en el poema Invocación: “Los imperios son pasto del tiempo. / Pero no la belleza. Vuelves, en estas orillas, / a la Roma lejana. Vuelves al sol de Grecia”. Descubrimos, entonces, a un Aníbal Turena adelantado a la sensibilidad de hoy: ¿o no se anticipa en Juventud a Jaime Gil de Biedma, cuando escribe Turena que “Lo sabes y nunca has aprendido: / nadie aprende. / El verano pasa, no vuelve. / Como la juventud”. También el poema Melancolía es de una conmovedora belleza: “La corona de Zeus vendida en un mercado persa (…) Mi madre en el sueño llamándome desde un barco muy lejos”.
Quizá no estamos ante un gran poeta menor, sino un gran poeta a secas, revelado en su Coral de carne, rescatado de un sótano tan oscuro como su reputación, convertida en novela por Villena, con la esperanza de que puedan descubrirse otros de sus libros.
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