“Con la figura de don Francisco de Goya en las manos, sé que es nuestra cultura la mejor manera de saber lo que somos y cómo hemos llegado hasta aquí”. Antonio Banderas.
Es guapo a rabiar aunque su belleza no empalaga. Su mirada abismal haría tambalear mis piernas con tan solo un fugaz barrido ocular. Las canas le otorgan ese atractivo arrollador que adquiere todo varón que se precie tras cruzar la barrera del medio siglo. Las gafas acariciando el borde de su nariz nos regalaron el punto tierno y entrañable de un grande de España. Triunfador en su patria y allende los mares, ha trabajado con leyendas de la meca dorada del séptimo arte, portentosas mujeres suspiraron por sus besos, continúa siendo aclamado a lo largo y ancho del planeta y la fama y el dinero acompañan su trayectoria vital desde hace años. A pesar de semejante éxito parece un tipo de los que merecen la pena. Y no por tal despliegue de laureles acumulados.
Menudo discurso se marcó en la ceremonia de los premios del cine español. Y seamos conscientes de que un Goya a una trayectoria no es un Oscar de Hollywood. Pero él ha acogido el galardón honorífico como si en ello le fuese la vida. Demostró sobre el escenario el compromiso con su profesión -y que se sigue tomando muy en serio su trabajo a pesar de haber conquistado el mundo-, el respeto a los compañeros por parte de quien ha conseguido lo que la mayoría ni siquiera se atreve a soñar, y el mimo a cada detalle, pudiendo permitirse la displicencia y hasta la apatía. Palpable demostración de que detrás de un éxito tan bestial hay esfuerzo, determinación, talento, lucidez, sensibilidad e inteligencia. Honrando con un alegato tan sentido -escrito de su puño y letra- a los que le homenajeaban. Dedicando agradecimientos a nombres propios -célebres o anónimos- con los que él se consideraba deudor. Y recitando sin complejos a los cuatro vientos toda una declaración de amor: al cine, al arte, y ante todo, a la cultura española. Reivindicando el legado de hispanos inmortales a través de sus obras como Goya o Picasso, o de los que encajaron a nuestro país en una partitura como Falla, Tárrega, Albéniz o Granados, o aquellos otros que tatuaron sobre el papel las miserias y grandezas de nuestro pueblo, como Cervantes, Unamuno, Valle Inclán, Lorca, Machado o Ayala.
Concluyó poniendo el foco en el futuro coronando de esta manera un manifiesto impecable. La absoluta falta de autocomplacencia de quien saborea la gloria, enaltece al personaje. La avidez por buscar caminos que aún quedan por recorrer en vez de caer en el conformismo o la tibieza de una vida acomodada, delimita bien el territorio en el que habitan los elegidos.
Adelante, Antonio Banderas. Te queda mucho por hacer. Como a tantos otros que han atravesado la barrera de los cincuenta en plena forma. La veteranía y la sabiduría otorgadas por la madurez suponen un tesoro denostado en una sociedad frágil gobernada por la frivolidad. La mediocridad se ha convertido en el mayor negocio de nuestro tiempo, pero ejemplos como el tuyo invitan a imaginar que otro desenlace es posible. Como en las películas.


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