Ruido de cerraduras en Madrid

13/02/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Frente al ruido de sables, ruido de cerraduras en Madrid. Se cambian, se calibran, se requisan las llaves. Se registran cajones, se destapa toda la intimidad de los despachos. Trabajadores que llegan a las puertas de sus oficinas y son recibidos por un nuevo equipo de seguridad que les niega la entrada. Del trabajo, en fin, nada se sabe, pero ya avisarán más adelante. Gestos descompuestos, nocturnidad a plena luz del día: algo así ha sucedido en el PSOE de Madrid, que parece vivir su propia hostilidad con cierto alarde incandescente. Es posible que la realidad sea peor que su propaganda, pero el batacazo de efecto en la cada vez más frágil línea de flotación interna del partido parece haber cuadrado su eficacia, rematando en su eje una más que posible fractura colectiva. Tomás Gómez tiene sus adversarios, motivados o no, y la Operación Púnica puede acabar siendo algo más que otro globo hinchado del PP. Pero nadie parece haberse preguntado cuánto costó la M-30, y todo el despilfarro megalómano de Alberto Ruiz Gallardón en esas obras faraónicas que han dejado Madrid endeudado para los próximos treinta años. No me estoy refiriendo al mal de muchos, porque aquí no hay consuelo, sino a la desproporción del tratamiento de los mismos asuntos, cuando depende del fin del medio y su política, que acaba siendo dueña de cualquier opinión.

El efecto de la piedra sobre el agua de Madrid puede llegar a todos los confines del estanque. Andalucía parece asegurada, porque Susana Díaz ha encontrado un valor en la unidad, que se muestra blindada cuando todo el partido está que arde. No parece que el vencedor de las primarias, más allá de escalar montañas con Calleja en un programa de televisión, pueda ofrecer más que su mejor perfil equilibrista entre la vieja foto de las uvas doradas y el pantano del nuevo Pablo Iglesias. Pedro Sánchez sigue siendo el secretario general del PSOE, pero aún no está en el partido. Más allá de la foto y sus contrastes, más allá del futuro entonces vislumbrado, hace falta encarar la realidad de hoy con un nuevo discurso que hunda sus raíces en aquél, pero enfrentado a esta actualidad. Pedro Sánchez no sólo es un rehén de su pasado, como dicen sus críticos por el ala izquierda, sino, especialmente, de sus propias tibiezas, de sus propuestas más publicitarias que políticas, de su falta visible de un timón de Estado. Porque en Podemos, es factible aceptar, aunque no se comparta, que se anden preguntando qué sería de España sin la OTAN; pero en el PSOE, en cambio, eso no puede preguntar.

No eran las maneras, tan exhibicionistas, y tampoco los tiempos, si se trataba de reorganizar Madrid. Pero quizá esto no preocupe demasiado a Pedro Sánchez, y sí tener asegurada esta federación de cara a las próximas primarias. ¿Mejorará el PSOE en Madrid? A largo plazo, no se sabe, aunque seguramente no. A corto plazo, el golpe envenenado puede ser de los que rompan toda su columna vertebral.

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