Azótame otra vez

03/03/2015

Carmela Díaz.

GreyNo piensen que soy una descastada: la literatura calentita le debe mucho al señor Grey. Alabado sea, pues. Ni una pelusera: a la autora del tinglado yo la reverencio. ¡Vender tropecientos millones de copias más que orgásmico es divino! Una bendición de los dioses solo al alcance de los elegidos. Idolatro a los escritores que conquistan el esquivo punto G de las súper ventas. Pero semejantes confesiones no son incompatibles con la desazón que este fenómeno me provoca. ¡Hasta me desorienta!

Me explico: cuesta comprender a mis congéneres, se fascinan por maromos rarunos. El anterior prodigio literario que epató a las mujeres del mundo -la saga Crepúsculo– estaba protagonizado por un vampiro. Sí, un engendro de esos que palmó hace siglos y sobrevive en su inframundo tenebroso deleitándose con los glóbulos rojos de cualquier bicho viviente que se cruza en su camino.  Admito que Edward Cullen era una criatura tierna y protectora, pero qué quieren que les diga: a mí un paliducho de ultratumba no me pone. De follar, ni hablamos. Y tras el enamoramiento colectivo por un chupasangre, ahora resulta que las señoras chorrean en masa rememorando las proezas sadomaso del pretencioso Christian. Un tipo que en vez de desgañitarse bombeando con el miembro viril como Dios manda, se desfoga atizando con la fusta.

Carmela Díaz ©nines minguez

Carmela Díaz
©nines minguez

Que no digo yo que un azote con efecto a lo Panenka en plena exaltación carnal no provoque un subidón en esa libido ya entonada, pero de ahí a obsesionarse con el pim pam pum de las flagelaciones recurrentes, va un mundo. Para gustos los colores, obvio es, pero puestas a encontrar estereotipos masculinos con los que fantasear, sorprende que las chicas deseen al maníaco del bondage en vez de centrarse en el irrefutable binomio Varoufakis&Empotrador. Ese adonis hercúleo, instruido, polémico y de planta portentosa que si te arrincona con brío en la cocina, te quita el sentío. Y no porque no corra el aire precisamente… “Los dos orgasmos desbordándose al mismo tiempo como el tambor de una lavadora” de la trilogía tornarían a meros prolegómenos comparados con la sinfonía orgiástica  bajo la batuta del ministro griego contra todos los electrodomésticos.

También me provoca cierto desasosiego el que esas fanáticas de las Sombras suspiren por ponerse en la piel de una protagonista alelada: Anastasia Steel, esa chiquilla capaz de rubricar un contrato de sumisión ¿¿¿WTF??? antes incluso de haber catado la mercancía masculina. Pasmada virgen emparejada con machote alfa mega-multimillonario -puro cliché del porno más casposo- no viene siendo lo que yo catalogaría como una relación sana, de toma y daca, de galanteo provocativo, de desafío de seducción, de aventura placentera… Que una cosa es jugar a sumiso y dominante y otra bien diferente adoptar dicha sumisión contractualmente bajo los designios del poderoso magnate de turno. Encima las lectoras se derriten porque el potentado tiene la “deferencia” de echar un polvo vainilla” -lo que viene siendo un fornicio sin cuero ni acero: el mete-saca de toda la vida-  para desvirgar a la nena. ¡Coño! Si os enciende el gastrosexo haber emulado a la picante, fresca e inolvidable Samanta Jones (Sex in the city) con esa iniciativa tan suya de polvo-sushi sobre la encimera.  ¡Esa tía sí que era una wonder woman y no la llorona de míster Grey!

Llegados a este punto me asaltan inquietudes existenciales intentando desgranar el origen de semejante fenómeno.  ¿Se pasa hambre? ¿La insatisfacción coital planea sobre los hogares de las amas de casa? ¿El personal está ávido por ampliar sus horizontes erótico-festivos? Sea cual fuere el motivo del caloret, yo lo tengo cristalino: donde esté el roce de un cachete con la palma de una mano que se quite el tacto sintético del látex. Cuore mío, azótame otra vez.

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