Es una sentencia que escucho asiduamente en las últimas semanas en mi entorno y alrededores. Casi siempre pronunciada por exvotantes populares indignados con su antigua formación; o por jóvenes que no comulgan con el sospechoso tufillo bolivariano que desprende el flamante Podemismo.
Dos acontecimientos ocurridos en los últimos días han reafirmado a muchos indecisos acerca de semejante resolución. En primer lugar, el tronchante affair Naranjito. Pese a encuadrarse en la categoría de anecdótico las consecuencias del insulto fácil resultan clarificadoras. La arrogancia supina de un tipo con perfil de político profesional que lleva décadas mamando de la teta del Estado, es catapultada al averno y reconvertida en humor por la savia nueva de la política patria. La torpe bocaza y la chulería innata de Hernando contra la frescura de Rivera. La altivez de la casta frente a un soberbio manejo de la comunicación política.
En segundo lugar, la imposición en Madrid de candidatas añejas en los avatares de la vida pública, provoca rechazo entre los votantes de mi generación hacia abajo. Especialmente hacia la alcaldable, veterana portadora de una mochila rebosante de turbios asuntos y de subordinados corruptos. Aguirre -fidelidad de voto por la derecha capitalina- y Cifuentes -apertura hacia votantes periféricos menos escorados a la diestra- han entrado en campaña empujadas por esa habilidad primorosa de don Mariano: la dedocracia. Si esto es todo lo que sabe o puede hacer Rajoy para renovar su partido es que el PP está decadente por encima de sus posibilidades. O que Arriola examina encuestas en las que la división de la izquierda favorece los intereses populares. O que se pasan por el forro el sentir popular -palpable a pie de calle- y se empeñan en focalizar su estrategia electoral en la recuperación económica y en mantener a sus incondicionales. Pero hacer caso omiso de los escándalos de corrupción y obviar el rugido ciudadano clamando por una renovación integral de la política española –en fondo, forma y caras– puede salirle muy caro al Presidente. Concentrar la cosecha de votos en una salida de la crisis -hasta el momento poco tangible para la sociedad civil-, es arriesgado.
Mientras los populares se aferran a un trono efímero que se les escapa de las manos, la gran masa de la población se muestra beligerante a la par que intercambia pareceres e inquietudes en cafés, terrazas y tertulias familiares. ¿No había otros candidatos mínimamente aceptables en el PP para presentar por Madrid? Señora Aguirre ¿podría explicar a los madrileños por qué nos abandonó a mitad de una legislatura vociferando que era un adiós definitivo y ahora retorna como candidata apenas dos años después? ¿Por qué el PP incluye en las listas imputados como Imbroda o León de la Riva habiendo prometido lo contrario? ¿Rita Barberá cabeza de lista por enésima vez cuando estamos exigiendo limitación temporal en el ejercicio de los cargos públicos? Y es entonces, ante tantas preguntas sin respuestas que satisfagan a hordas de ciudadanos hastiados, ante tanto reiterar en lo que los españoles cabreados quieren desterrar, cuando éstos resuelven enérgicos: “Ahora sí que voto a Ciudadanos”. Y el compañero de mesa, barra o tertulia asiente primero, permanece pensativo después y reflexiona durante unos instantes para concluir haciendo suya la afirmación del de al lado.

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