‘La Fontana della Barcaccia’

12/03/2015

Luis Sánchez-Merlo.

fontanaAsí se llama la célebre fuente de Bernini, que quinientos furibundos seguidores del Feyenoord -equipo holandés tristemente célebre por ser uno de los equipos más violentos y peligrosos de Europa- dañaron recientemente, tras provocar graves disturbios en la Piazza di Spagna, al pie de las escalinatas de la Trinitá dei Monti, en la capital italiana.

Esa barcaza a medio hundir -inspirada, en la llegada a la plaza de una barca que sirvió para salvar vidas, durante la crecida del río Tíber – fue objeto de la ira de estos hinchas de “La Legión” –grupo surgido en la década de los 70. Estos perturbados, aparte de causar «daños irreparables y permanentes» en la fuente, han ocasionado un quebranto formidable a la imagen de un país solvente, culto y admirable, como el suyo, Holanda.

Los sucesos de Roma se produjeron a primera hora de la tarde en la histórica plaza romana y los aficionados de Rotterdam -no contentos con los daños a la fuente- se dedicaron a lanzar bengalas y botellas contra la policía. Para situar esto en contexto, de lo que se trata es de amueblar la tarde hasta que comienza el partido, a las 20,45 de la noche. Así que comida frugal, bebida abundante y violencia extrema, esa es la hoja de ruta de estos estadistas que siembran el pánico en las ciudades visitadas.

En este caso, hicieron gala de  desprecio al país, a sus anfitriones, a la historia, a la cultura romana. Una perfecta locura que contribuyó a aumentar la lista negra de incidentes, peleas y batallas campales protagonizados en sus más de 40 años de existencia. Una historia de odio, brutalidad y muerte, salpicada por salvajes peleas callejeras y «quedadas» con hinchas rivales, especialmente con sus enemigos irreconocibles del Ajax.

Aunque se les ha prohibido a los ultras del Feyenoord viajar con el equipo, en partidos fuera de Holanda, y se ha expulsado al club (2007) de las competiciones europeas, nada ha servido para acabar con un negro historial de violencia.

La Plaza de España, -lugar de culto para los turistas que viajan a Roma- y la fuente -que mostraba «rasguños y golpes» tras ser restaurada hace pocos meses- quedaron atestadas de restos de plástico, basura y botellas de cristal lanzados por los aficionados holandeses.

El alcalde de la ciudad, en su indignación, puso el grito en el cielo: “Roma devastata e ferita” y el dedo en la llaga: “Creo que estas personas, en su ignorancia, no tienen condiciones psicológicas ni culturales para darse cuenta de que estaban destruyendo una de las fuentes de uno de los mejores artistas de la humanidad”. El joven primer ministro, Matteo Renzi, dio en el clavo al decir que los aficionados holandeses, «hasta arriba de cerveza, insultaron a la civilización».

Inmediatamente después de la erupción verbal inicial, el debate que se abrió en Italia fue sobre quién debe pagar la juerga y asumir los costes de la rehabilitación de la Barcaccia y del resto de desperfectos, que se estiman en tres millones de euros.

Mientras el alcalde de Roma recordó el principio de «quien rompe paga» o sea que la factura la tiene que pagar el Feyenoord y el Estado holandés, los neerlandeses -que buenos son para el dinero público y el privado- replican que: «Holanda hará lo posible para ayudar a identificar a los culpables, de modo que puedan resarcir los daños». O sea que –según ellos- deben pagar los culpables, no el gobierno holandés.  A ver quien se lleva el gato al agua. Pero esto no estará bien planteado mientras los daños no se prorrateen entre el medio millar de vándalos que se lanzaron al ataque contra la barcaza.

Por su parte, los representantes del futbol italiano, se han apresurado en pedir a la FIFA o la UEFA que contribuyan en la restauración de los daños para poder recuperar una imagen limpia del fútbol. Porque no hay duda alguna en que esto ensucia la imagen del deporte que cada semana ven por televisión cientos de millones de espectadores.

Junto a los incidentes en Roma, dos aficionados del PSG fueron apuñalados en Barcelona y los hinchas del Besiktas incendiaron varias calles de Liverpool.

Llueve sobre mojado después de los gravísimos hechos de hace un mes en las proximidades del antiguo estadio Metropolitano de Madrid tras la ‘quedada’ de dos grupos rivales a sangre y fuego -con premeditación y alevosía- y resultado de muerte de un aficionado coruñés. Todavía está en nuestra retina el descuelgue del hincha gallego por la gélida pared del Manzanares

Algo tendrán que decir la FIFA y la UEFA sobre lo que está pasando en el fútbol europeo porque todas las jornadas de Champions o Europa League acaban con graves incidentes. Antes de sentenciar y aportar remedios, tendrán que plantearse el problema -con la seriedad que exige el tema-, sin mirar a otro lado, como si estos comportamientos fuesen una especie de kale borroka o terrorismo de baja intensidad, aceptable al fin y al cabo, para no dramatizar. Que no se nos diga tampoco que la cosa es aún peor en los estadios de Sudamérica, con las barras bravas y otros especímenes notables.

El fútbol, al que cada año acuden más menores, que desean ver de cerca y emular a sus ídolos, tiene ser una fiesta sin margen de tolerancia para la violencia. Pero como no tenemos suficiente policía, ni juzgados para cauterizar conductas criminales de los millares de ultras que pueblan los estadios, hay que cortar la violencia de cuajo porque sino terminará creciendo exponencialmente. Y la solución sólo será eficaz en la medida en que a los culpables –y a sus familiares- les cueste dinero los efectos perniciosos de sus actos. En el caso que nos ocupa, y para empezar, el mármol travertino de la Fontana della Barcaccia.

Así se acabó con la quema de autobuses -deporte de fin de semana en la ciudad de San Sebastián- cuando los cachorros de los violentos empezaron a recibir las facturas de los destrozos. Los padres se pusieron serios y se acabó el problema.

merlo

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