Rosa Díez al frente del naufragio

25/03/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Mariano Rajoy y Rosa Díez parecen detestarse con la lealtad de las grandes historias de amor. Este no es el relato de una pasión, sino de un rechazo cosido a las entrañas con grapas interiores de carcoma ferrosa. Sin embargo, tanto odio común no ha podido evitar que una circunstancia electoral les una: los resultados de los comicios andaluces. El 22-M han situado a los políticos en la misma bandeja de salida, en la curva picada de la misma catapulta al vacío. Por distintas razones, los dos grandes perdedores de estas elecciones son Rosa Díez y Mariano Rajoy, esta extraña pareja de amores imposibles, parafraseando dos canciones de Ismael Serrano, en las que la afinidad personal es tan utópica como la generosidad política. Mariano Rajoy se ha implicado personalmente en la campaña de Juan Manuel Moreno Bonilla, este candidato de nombre imposible –dónde ha quedado Bill McKay-, por la combinación palabrera, viajando seis veces a Andalucía, y rodeando a Moreno Bonilla de ministros, oropeles y fanfarrias genovesas. Después del desastre, en el que poco hay que imputar a Moreno Bonilla, una cara simpática con habilidad paracaidista, Rajoy, al conocerse el escrutinio, como siempre, desapareció no en combate, sino a quinientos kilómetros de la acción: porque ha sido Rajoy quien ha perdido, y espera a que el cadáver se lo lleven las olas.

El caso de Rosa Díez ha sido diferente, por la motivación y por su inquina. Si hemos criticado alguna vez el desprecio exterior del que hace gala Rajoy hacia Díez en sus comparecencias del Congreso, no parece menor la corriente antipática que sacude a Rosa Díez si se trata de hablar de Albert Rivera. Ciudadanos sube como la espuma rubia del champán en las copas de Hemingway asaltando la bodega del Ritz de París, y UPyD se hunde en la soberbia de esta mujer magra, con el rostro afilado por su crispación tensa, que parece olvidar que su proyecto, pese a haber sido suyo, después ha aglutinado el afán colectivo de una ciudadanía que demandaba un tablero más amplio en la expresión política, la unidad territorial sin fisuras ni ajustes y la limpieza definitiva de los butacones. UPyD ha sido el primer partido en conseguir un espectro influyente fuera de los dos partidos clásicos, y también parece ser, en este tiempo nuevo, con la irrupción potente de Podemos y Ciudadanos, el primero en la lista de los sacrificios.

Nadie entendía en Cataluña su rechazo visceral a pactar con Ciutadans, una especie de alergia más personal que política, sin tener la visión estadista de condicionar los apetitos individuales a la actualidad colectiva. Pero es que, en España, esta manía persecutoria contra Ciudadanos, y su negativa epidérmica a unirse a ellos, ya ha forzado la caída de UpyD. El partido desaparecerá, por una líder que se resiste a dejar de serlo. Quien en estos momentos no sepa entender las nuevas reglas de la realidad, tanto en UpyD como en IU, logrará mantener su posición en la primera fila del naufragio.

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