Pocas veces la lógica es muy evidente en el mercado y además termina por imponerse y hoy parecía que volvería a seguirse la tradición de amagar y no dar. pero a las nueve de la noche hiubo quien pensó que es mejor poner las coas en su sitio y las puso:
Un bajonazo y el precio perdió el soporte que tenía trazado y se fue exactamente hasta donde dice la teoría que se tenía que ir en apenas unos minutos.
Demasiado perfecto para ser fruto de la casualidad, pero lo que hace el mercado finalmente es que se imponga la lógica de lo que en realidad está pasando en la economía americana y que ha expuesto en toda su crudeza el PMI de Chicago.
Resulta que este indicador macro, el Purchase Manager Index (ïndice de gestores de compras) suele ser un adelanto de lo que se respira en el clima empresarial y, por añadidura, en la economía en general. El pasado mes dio un resultado lamentable, anticipando que la economía estadounidense pueden haber entrado en contracción y lo que ha hecho hoy es confirmar esta primera impresión contra viento y marea.
Lo mejor es que ha cogido con el paso cambiado a todo hijo de vecino. Los sesudos analistas que siguen estas cosas vaticinaban la vuelta del indicador a la zona de expansión, colocandolo en 51 puntos y ha salido 46,3. No han fallado por unas décimas sino que han demostrado no tener ni puñetera idea de por dónde se andan.
Total, que el mes pasado se atribuyó a la nieve y el mal tiempo (que recurso más increíble) que el PMI de Chicago fuera horrendo. Y hoy no se ha atribuido a nada y quien más y quien menos se ha quedado pensando. Los precedentes anteriores de bajada abrupta del nivel 50 durante dos meses no son precisamente halagüeños.
En cambio ahí tienen a la Fed. Otro de sus voceras (cada día actúa alguien dando un sermón en alguna parte en nombre de la Fed) ha insistido en que los tipos deberían subir no más allá de junio. Llevaba el discurso preparado y no ha cambiado una coma por el mal dato. Son como el del chiste del tren. «Chifla, chifla, que como no te apartes tú…»
Resulta que la Fed decidió hacer políticas experimentales para afrontar una crisis sin precedentes tanto en su gestación como en su magnitud. Y los experimentos, dice la sabiduría popular, hay que hacerlos con gaseosa. Los hicieron sin gaseosa y ahora no saben cómo salir del atolladero.
Han convertido en zombi a toda una economía que sigue necesitando estímulos. Los tipos de interés cercanos al 0% son un estímulo en toda regla, aunque solo atendamos por tal cosa a las inyecciones de dinero que el emisor de moneda mete en el sistema. Solo pensar en que pueden subir los tipos y los indicadores flaquean, las perspectivas de beneficios de las empresas se resienten y los mercados se vuelven locos.
Que conste que no estoy en contra de los estímulos. Estoy en contra de que se implementen políticas sin saber cómo pueden ser retiradas cuando cumplan su función. Y la Fed no tiene ni pajolera idea de cómo hacerlo. La prueba es que cada cual va por libre contando su batallita.
Pero a lo que íbamos. El PMI pone de manifiesto que la economía estadounidense ni está para una subida de tipos ni está siquiera para que se diga que ha superado la crisis. El ‘caramelo’ de la reducción de la tasa de desempleo viene directamente unido a la reducción de la fuerza laboral, así que tampoco se pude sacar mucho pecho…
Y para el mercado, al final, lo que vale es que la economía esté en el buen camino. Hoy ha vuelto a subrayarse que no lo está y, encima, un selecto miembro de la Fed ha hecho un ejercicio digno de Don Tancredo y ha insistido en las subidas de tipos para junio.
Las dos cosas que más odia el mercado se han producido el mismo día y aún así trataba de resistir y de incluso acercarse al cierre de ayer. Pero no. Alguien se ha ocupado de poner las cosas en su sitio y de que por una vez impere la lógica.
Al cierre, el Dow Jones perdió un 1,11%, el S&P 500 un 0,88%, el Nasdaq Composite un 0,94%, el Nasdaq 100 un 1,12% y el Russell 2000 un 0,40%. Mucha atención a la capacidad de aguante de los pequeñitos del mercado. Una prueba más de que ha actuado la mano que dirige el cotarro tocando donde debe para conseguir el mayor efecto con el menor esfuerzo.


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