Soy una muerta de tercera por nacer Keniana

06/04/2015

Carmela Díaz.

KENIAMe levanté esa madrugada como si fuese otra cualquiera sin sospechar que la muerte me aguardaba. Un exterminio trágico, horrendo, siniestro, brutal.

Yo era una chica alegre y servicial. Me sentía bien ayudando al prójimo. Si podía echar una mano ¿por qué no hacerlo? Adoraba escuchar música, gritando a todo pulmón estribillos pegadizos mientras bailaba delante de un espejo emulando a las estrellas del pop grabando videoclips. Me divertía observar mi propio reflejo bamboleando bruscamente mis rotundas caderas negras.

No perdonaba las largas conversaciones con mis amigas alrededor de una mesa desconchada en la cafetería de la universidad poniéndonos al día sobre nuestros ligues. Algún cotilleo sin malicia siempre afloraba en aquellas veladas de chicas… Casi todos afirmaban que lo que destacaba de mí durante esas animadas tertulias femeninas era una sonrisa franca que nunca abandonaba mi rostro. “Transmites calma y buen rollo” me repetían una y otra vez los conocidos.  Confiaba en la gente aunque me advertían continuamente que no todos poseen un buen corazón. Pero a pesar de semejantes consejos yo siempre defendía la bondad de los míos en particular y de los seres humanos en general.

Atravesaba una etapa en la que me sentía pletórica porque disfrutaba de la oportunidad de estudiar una carrera. Por ello, aunque el ritmo estudiantil era duro, los profesores exigentes y los medios escasos, me consideré una privilegiada. La perspectiva de un futuro mejor suponía una meta por la que luchar.

Carmela DíazMantenía la rutina de situarme en las primeras mesas para no distraerme.  Por eso yo me levantaba al alba: para ser puntual y elegir el mejor sitio entre las filas delanteras.

Pero aquella mañana no llegué a tiempo. A la hora en la cual la primera clase del día debía comenzar yacía inerte en el suelo, sobre una fría baldosa de mi residencia universitaria, empapada en mi propia sangre y con cuatro balazos desgarrando mis entrañas: dos en el pecho y dos en la cabeza. Pero no estaba sola. Ciento cuarenta y seis compañeros acribillados a plomo me acompañaban. Otros tantos corrieron mejor suerte: se hayan malheridos aunque sus sonrisas permanecerán congeladas para siempre.

Entre esos cuerpos destrozados, entre esas vidas truncadas por la sinrazón, la barbarie, la crueldad extrema y la violencia atroz, se encontraban seres humanos con nombres y apellidos, que amaban y eran amados, jóvenes ilusionados por su porvenir. Algunos virtuosos de la arquitectura, deseosos por diseñar polideportivos, escuelas o centros de salud que mejorasen la calidad de vida de Kenia. También perecieron los que contaban con la vocación de educar a las generaciones venideras llamadas a ocupar en un futuro próximo nuestras mismas aulas. Otros de los asesinados estudiaban para ser doctores; los más osados fantaseaban con ejercer como científicos que llegasen a descubrir vacunas y remedios con los que paliar las enfermedades que azotan nuestro continente.

Hubiésemos sido, por encima de todo, hombres y mujeres con toda la vida por delante si no nos la hubiesen arrebatado a tiros. Unas bestias inhumanas, sanguinarias, malignas y despiadadas asaltaron al alba una inofensiva casa de estudiantes; nos volaron la cabeza si a la pregunta de ¿musulmán o cristiano? respondíamos la segunda opción.

Ahora, en lo que me haya convertido -ánima, conciencia o ángel-, vaga sin asumir aún lo acontecido, rememorando estruendos, bulla, pánico, gritos, terror, lamentos, caos, un líquido caliente y viscoso salpicando mi piel, oscuridad, silencio… Pero parecen retazos lejanos, fogonazos de una memoria perdida, fragmentos de una vieja película en blanco y negro. Mientras creo flotar en lo que supongo será el cielo prometido, observo apesadumbrada como en la Tierra la matanza de un centenar y pico de jóvenes kenianos -y cristianos- apenas provoca una repercusión testimonial en periódicos y noticieros de Occidente. Tampoco suscita protestas airadas, lágrimas colectivas, manifestaciones masivas ni intervención alguna de altos dignatarios. Me pregunto si la vida de los estudiantes es menos relevante que la de unos valientes periodistas franceses o unos inocentes viajeros europeos, si publicar fotografías de tragedias del primer mundo es carnaza y exhibir la sangría de esta masacre del tercer mundo es fotoperiodismo de raza, si la muerte de negros kenianos vale menos que la de blancos occidentales, si las matanzas de cristianos importan menos que las de musulmanes o judíos. Varios días después sigo sin encontrar una respuesta que me satisfaga. Este alma sin rumbo le da vueltas y más vueltas a la par que no deja de preguntarse: ¿Cuál habría sido la reacción mundial si semejante atrocidad hubiese ocurrido en Nueva York, Madrid, Londres, París o Roma?

Pero no merece la pena atormentarse más. Debo aceptar que soy una muerta de tercera por nacer africana.

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