Los resultados de Andalucía no han terminado de suponer el cataclismo -que desde hace tiempo se venía anunciando- para los partidos dinásticos (PP y PSOE), término hoy políticamente obsoleto, acuñado con fortuna en la Restauración Alfonsina (1876-1923) para distinguir a los que se repartían el poder -moderados y progresistas- del resto de los partidos.
Pero sí ha sido una novedad -a tambor batiente- la irrupción de los partidos emergentes (Podemos y Ciudadanos) que desde la ausencia de representación parlamentaria han pasado a conseguir 24 escaños.
Desde hace algún tiempo se viene cuestionando este modelo bipartidista en virtud del cual PP y PSOE se han ido turnando en la Moncloa -sin coaligarse con otros- desde el año 82, cuando Felipe González inauguró -con el landslide que acabó con UCD- el modelo ahora tan vituperado.
La tasación de daños que evidencia la crisis de los dos grandes partidos dinásticos en Andalucía, ofrece el siguiente balance: PP y PSOE habrían perdido en estas elecciones un 18 por ciento (4,10 el PSOE y 13,91 el PP) del voto válido con respecto a los resultados de 2012, mientras que los partidos emergentes cosechan un 24,12 por ciento de los apoyos (14,84 Podemos y 9,28 Ciudadanos), lo que supone casi siete puntos más que los perdidos por PP y PSOE.
Esta diferencia se explica también por la debacle de Izquierda Unida y, en menor medida, por la natural rotación generacional del censo de votantes. Una consideración adicional y de no fácil explicación: los partidos que han denunciado el bipartidismo y no tienen corrupción (IU y UPyD) no han recogido ningún fruto.
Y algunas reflexiones para la agenda. A los emergentes, que empezarán a ocupar el espacio libre -que van a ir dejando los dinásticos- hay que vigilarlos, según recomendación del Profesor Antonio Jiménez-Blanco, para que no reproduzcan los mismos vicios de sus mayores.
Dando por inevitable que en su militancia y, más tarde en su dirigencia, se cuele el oportunismo -siempre dispuesto a ocupar el terreno en virtud de la conocida ley física del horror vacui- habrá que arbitrar todo tipo de filtros para combatir las situaciones más groseras. Y para ello no basta la autorregulación por lo que la Ley de Partidos debe incluir determinaciones concretas, conforme al modelo de 2002 para Herri Batasuna.
Aceptando también que el talento va a tener siempre mejores opciones vitales que meterse en un partido, también habrá que establecer mecanismos para quitarle a la militancia partidista su carácter odioso. Asunto este nada sencillo.
Y por lo que respecta a los partidos dinásticos, resulta apropiado detenerse en el paisaje actual, en el que los militantes se autoseleccionan, de acuerdo con la Ley de Gresham: “el metal malo desplaza al bueno”. Y es que muchos de los que se alistan ni siquiera saben cómo ganarse la vida fuera del convento, mientras que casi todos los que podrían contribuir aportando su valía –generalmente a costa de su propio interés- se quedan al margen porque los partidos con frecuencia los repelen. Esto explica que destacados personajes hayan sido arrojados de las nomenclaturas, es decir, del cónclave.
Y para completar el panorama, debería abordarse también la actual organización de los dinásticos, que es disparatadamente grande y cara, y precisa unas necesidades de caja que resultan insaciables. De ahí que los episodios de delincuencia económica se hayan convertido en un rasgo estructural, porque lo que destilan los juzgados es un arquetipo del sistema, no un subproducto. Por eso la solución pasa por promover organizaciones “low cost”, sin apenas estructuras territoriales. Por no hablar de las estrafalarias campañas electorales para conmilitones, que también harían bien en repensar.
En todo caso, a dinásticos y emergentes hay que arrancarles algunas funciones dentro del sistema constitucional: nombramiento de reguladores económicos, de miembros del CGPJ y del TC, del Director de RTVE, del Fiscal General del Estado, etcétera. Y para ello, las reformas legislativas son de nuevo inevitables.
Andalucía ha sido un anticipo de lo que viene -cara a los próximos comicios locales, autonómicos y generales- que no es otra cosa que un cambio -no solo en los equilibrios derivados de los pactos sino también en los mecanismos de la transición- lo que va a obligar a coaliciones -inéditas aquí pero moneda corriente en el resto de países europeos -que permitan gobernar sin tener que recurrir –como ha sido el caso hasta ahora- a gravosos acuerdos con partidos nacionalistas que han venido sacando tajada –política y económica- sin merma de la deslealtad ni alteración de la hoja de ruta que ya es inequívocamente independentista. ¿O es que alguien ha visto alguna vez una bandera española en sus actos de gobierno o tenidas de partido?.
A ellos no les faltan motivos para pensar que el futuro no va a ser como hasta ahora. Pero el protagonismo de la agenda en el futuro que se acerca, vendrá esencialmente de dinásticos y emergentes.

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