Es año multielectoral y ya se sabe que los políticos pasan oposiciones cada cuatro años. Ahora parece que muchos empiezan a ser conscientes de que no han hecho los deberes y que gozaron en su día de los ciudadanos se les puede estar esfumando. En consecuencia hay nervios en muchos partidos, muchos les inquieta la posibilidad de perder la silla y las críticas internas son silenciadas con solemnes proclamas de unidad (cada uno presume de lo que no tiene) mientras en otras formaciones empiezan las deserciones o las defenestraciones.
Han promocionado nuevas formaciones para desgastar a sus rivales y ahora comprueban que los enanos que ayudaron a crear se han hecho mayores y les disputan el espacio político con nuevas formas que cuestionan el tradicional modo de actuar de los políticos.
La gente tiene memoria y a la hora de hacer balance se pregunta si hoy estamos mejor que hace cuatro años, si los impuestos que paga han sido bien invertidos, si las formas con que han afrontado la crisis han sido las mejores, si han cumplido las promesas con las que concurrieron en las últimas elecciones o –unos y otros- se han escudado con la “herencia recibida” (y esta excusa podría servir a todos los que han mandado después de los Reyes Católicos) para justificar sus recortes y sus políticas antisociales
Ahora aseguran que se está superando la crisis y que se crea empleo. La crisis puede que haya cambiado de signo en los grandes datos macroeconómicos que no llegan a la población en general y en cuanto al empleo es verdad que se firman muchos contratos, pero uno de cada cuatro no supera el mes de duración y los sueldos que ofrecen los beneficiarios de estos trabajos dejan mucho que desear.
Pero muchos políticos siguen con su prepotencia habitual asegurando aquello de “yo o el caos”, sin darse cuenta que muchos ciudadanos quizás puedan apostar por el caos antes de seguir confiando en los actuales dirigentes. La política del palo (que nos han dado durante la mayor parte de estos cuatro años) para muchos no se compensa con la zanahoria que nos ofrecen cuando necesitan nuestros votos. Por ello están tan nerviosos, máxime cuando son conscientes que la credibilidad de muchos está bajo mínimos.
Por ello están nerviosos y, seguramente, tienen razón para estarlo.
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