Rosa Díez cabalga a lomos de su tragedia griega. Nada hace presagiar en UPyD un final distinto a la desaparición absoluta, a la disgregación nominal, electoral y física de una formación que fue el principio del fin del bipartidismo español. Pero Rosa Díez no es una Clitemnestra cualquiera comida por sus hijos, no es la reina homicida descubierta en Micenas tras matar a Agamenón, asesinada, a su vez, por su hijo Orestes; porque, mientras que en el texto de Esquilo, Clitemnestra es madre antes que mujer, y mujer antes que reina –asesina a su esposo cuando vuelve de Troya, porque este, a su vez, también sacrificó a la hija de ambos para que los dioses insuflaran viento en las velas antes de la partida-, Rosa Díez, en cambio, se ha creído la reina de UPyD. Y lo hace sin la maternidad como argumento, devorando a sus hijos políticos, pero sin dejarse matar, mientras cierra filas, abriendo también una puerta trasera en la muralla.
Ese pasadizo lo han cruzado ya varios: los más recientes, Irene Lozano y Toni Cantó. Independientemente de que traten de liderar una corriente alterna en UPyD, el partido se inclina, se despeña ardorosamente, por los famosos mismos males del bipartidismo, o el personalismo de sus líderes reconvertido en una institución. Si la causa del derrumbe ha sido la negativa de Rosa Díez a acercarse a Ciudadanos, lo que le ha faltado a esta mujer, valiosa en su coraje en el Congreso, ha sido una verdadera mirada de Estado. Díez ha preferido el enfrentamiento con sus hijos políticos a una aceptación del nuevo héroe, un Albert Rivera que se ha empeñado en presentarnos como un oportunista del márquetin político, una especie de actor bien parecido en la película pública de los peores años de nuestra vida. Pero resulta que Rivera es mucho más, parece mucho más que un figurín con chaquetas entalladas y solapas estrechas. En España se vota con el corazón y con la estética, y esta diferencia es ya notoria entre las camisas anchas y la coleta brava de Pablo Iglesias y el corte anglosajón modernizado del nuevo Albert Rivera, que tampoco es el mismo del cartel inicial, sino otro diferente, más elaborado, que ha salido de Cataluña para poder mirarla en el mapa de España.
Rosa Díez, que tanto ha hecho por la política nacional en los años terribles del PP y la deriva infantil, un poco de dibujos animados, del PSOE final de Zapatero, ahora ha dejado que la Historia le pase por encima de su propio relato. No se levantará, ni ella ni su partido, ni tampoco las gentes que apostaron por él, si no es ya en otra formación. Y es una pena. Porque este 2015, que amenaza con ser el año más crucial y emocionante de toda la política reciente, ha visto enterrarse con esmero y ceguera de suicidio político a una buena parlamentaria, tan necesaria aún en nuestra España, con desperdicio trágico.
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