Mariano Rajoy siente orgullo popular, con una plenitud de hondura pública. Es comprensible: si no lo tiene él, quién lo va a tener. Y si no lo proclama el presidente del Gobierno, con cara de plasma o con su cara a secas, quién lo va a decir a estas alturas, quién se va a atrever a semejante declaración de embobamiento institucional, con este engordamiento del vacío. Algo hay de brindis al sol, de tierna heroicidad disparatada, tiznado con su inevitable engaño medular, en la nueva campaña publicitaria del PP. “Tenemos orgullo de pertenecer al PP”, han repetido hasta la extenuación más entusiasta los candidatos a las alcaldías reunidos en Castilla-La Mancha. La Junta Directiva Nacional del martes buscaba escenificar un drama histórico, pero la representación fue tragicómica, para acabar en teatro del absurdo sin apenas talento.
¿Puede convertirse el PP, en la España de hoy, la que ha forjado, o la que ha desmenuzado, en una marca atractiva? Todo es posible para los corredores de fondo más osados, instalados en esta huida hacia delante de la falsedad continua en pista abierta. Nada menos que 500 cargos del PP se han reunido en Castilla-La Mancha para reivindicar ese atractivo, su carisma feliz, esa ensoñación colectiva y fecunda que es el peloteo al frontón propio. Así, más allá de la presentación de los candidatos a las elecciones municipales –que, al parecer, era lo de menos-, el acto se centraba en ese mantra arcano, esa especie de lema visigodo que es el puro “orgullo de pertenecer al PP”, y en ver qué candidato remataba mejor el panegírico al cuerpo presente de Rajoy.
Como era su dominio, María Dolores de Cospedal pidió al presidente que les infundiera “aliento, ánimo y ganas para seguir luchando por España”. Ante la peor crisis económica e institucional de nuestro tiempo, uno imagina a Rajoy yendo de acá para allá –“Yo voy donde me llevan”, reconoce-, mientras sueña con tiempos más felices, en los que podía disimular mejor que todo le importaba un bledo, fumándose un buen puro y viendo el tour de Francia. Pero resulta imposible imaginar al presidente dando “aliento, ánimo y ganas de seguir luchando” por nada a nadie. Porque este tío deprimiría hasta a Viriato, a don Pelayo, al Cid y a Agustina de Aragón, o a todos juntos, antes de cualquier batalla. Pero Cospedal lanza el mensaje, en la botella, a su océano desértico.
“El PP es un partido serio, con historia, que no ha aparecido en las últimas 24 horas. Os avala la gestión, vuestra trayectoria y la pertenencia al PP, que es un partido con una trayectoria conocida, una historia grande, una de las mayores militancias de Europa y de España, que está por toda España, que tiene un ideario conocido, que defiende la unidad nacional, la igualdad, el estado de las autonomías, la libre empresa y que está ahí en los momentos difíciles para resolver los desaguisados de otros”, dice Rajoy, en la egolatría del espasmo con su frase vacía, con su hinchazón goloso de aire.
Como por estos lares gustan las cosas nacionales y sus significados, vamos al diccionario de la RAE y su definición de orgullo: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.”
En fin, creo que les cuadra. Aunque no sean “causas nobles y virtuosas” haber arrasado todo nuestro Estado Social y de Derecho tras montar la mayor red nacional de corrupción política. Si con esto, además, tiene la petulancia de este orgullo párvulo, Mariano Rajoy acaba de firmar un gran autorretrato.
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