Todos los periodistas guardamos cerca del corazón algunas de las entrevistas que realizamos a lo largo de nuestra carrera. Son solo unas pocas, no tienen por qué llegar a los dedos de una mano. Son ésas que se te quedan grabadas, por la razón que sea: las que te dices “esto no se paga con dinero”. Gracias a los dioses, acumulo unas pocas: Santiago Carrillo, la primera vez en la editorial, la segunda junto a su mujer, en el comedor de su casa; Enrique Morente, paseando por Granada y mi idolatrado Eduardo Galeano.
Recuerdo como si fuera ayer la entrevista con el gran maestro de las letras latinoamericanas. Fue para la revista Esquire y nos citaron en un céntrico hotel cerca de la Puerta del Sol. No soy de venerar, ni de pedir autógrafos, pero en esta ocasión metí en mi bolso un ejemplar de El Libro de los Abrazos, uno de tantos de Galeano que forman parte de mi biblioteca. Y me dije: “Si el personaje es simpático y todo va bien, al final de la entrevista le pido que, por favor, me dedique el libro”.
Curiosamente, el fotógrafo, Javier Arcenillas, sí era de mostrar su admiración al primer minuto y nada más ver a Galeano le estrechó la mano diciéndole cuánto admiraba su obra y sacando un libro en busca de la preciada dedicatoria. ¿Cuál era? En efecto, el mismo que yo llevaba. Mira que hay libros pensé…
Javier se fue a buscar localizaciones para las fotos y yo me quedé con Galeano haciendo la entrevista. Como un señor, porque hay hombres que son señores desde que se levantan hasta que se acuestan, me puso el café, me llenó el vaso de agua y empezamos a charlar. La entrevista fue estupenda, maravillosa, Galeano respondía a todo, no era de esos personajes planos a los que te cuesta arrancar una palabra y que tanto te hacen sufrir. Pero lo más bonito de todo y la experiencia inolvidable, esa que me llevaré siempre conmigo, llegó al finalizar la charla.
El fotógrafo volvió diciendo que la terraza del hotel le parecía un sitio magnífico para las fotos, y allí nos fuimos. Era un día de primavera en Madrid. Lucía un sol radiante y en la terraza estaban tendidas todas las sábanas blancas, inmaculadas, al sol. Mejor paisaje, imposible. Y allí nos sentamos Galeano y yo, en el suelo, a seguir con nuestra conversación, mientras Javier hacía sus fotos.
— “Sr. Galeano, dígame cómo lo hace. ¿Cómo consigue expresar ideas con tanta fuerza en tan pocas palabras?”
— “Se lo voy a confesar, pero es un secreto”, dijo, mientras rebuscaba en su bolsillo. Del mismo sacó un libro diminuto, casi de elfo, en el que iba apuntando frases, con una letra también pequeñita. “A veces copio las frases, las veo escritas en las paredes”, dijo, mientras me iba enseñando algunas páginas del librito.
— “Yo también hago eso, pero la diferencia es que les hago fotos con el móvil”. Y en este momento mágico de confesión, en el que ya no hay entrevistador y entrevistado, sino una charla entre amigos, Galeano me regaló una de las suyas y yo le di una de las últimas frases que había retratado con mi móvil: No puedo ser la mujer de tu vida porque ya lo soy de la mía.
Abraza mucho a Lucía, puso en el libro. Maestro, mil abrazos allá donde quieras que te hayas ido.

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