Día de las Librerías

23/04/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Toda librería es una fiesta. Si la librería es literaria, la fiesta se convierte en la celebración dispersa de los días con sus brindis serenos, con su fiebre tranquila. El Día del Libro no es el Día del Libro, sino el Día de las Librerías: qué sería del libro y de nosotros sin el espacio mágico y dormido, sin esa pulcritud sobre los anaqueles con títulos armados sobre el vuelo interior de palabras fugaces. Los libreros, los buenos libreros, los que te recomiendan y alumbran sobre las novedades, entre las reediciones y los clásicos, se convierten en nuestros interlocutores con la bastedad editorial, con su océano inconcluso de olas y de autores. El librero conoce, te conoce, y también reconoce en su lectura lo que puede gustarte, que quizá se adhiera a tu temperamento, a tu inquietud estética y rumiante, porque toda lectura es un conocimiento de uno mismo limado con las horas, con la luz enfocada desde la oscuridad hacia la imantación de las palabras, de todas esas páginas silentes que pueden cobrar vida en los estantes, como si te llamaran, como si te esperaran en su acecho natural de las horas, con la corporeidad de sitio y los colores justo tras la retina, como un brillo fugaz que te acompaña a casa.

Desde niño, recuerdo pasar por delante de la librería Luque, en Córdoba, con esa turbación, casi ancestral, del misterio silente tras los libros expuestos en el profundo escaparate. Entrar y descubrir no sólo a los autores cordobeses, con esa primera edición de la poesía completa de Pablo García Baena o una antología de Ricardo Molina, sino también las primeras novelas buscadas con esa primera intención lectora, los libros de Paul Auster y un descubrimiento que marcaría para siempre, o al menos durante mucho tiempo, mi visión de la escritura como vocación, aunque entonces no lo supe: Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. La librería Luque, en Córdoba, tras sus cambios de espacio, sigue siendo la referencia libresca en la ciudad. Pero después vinieron muchas otras ciudades. Mencionaré dos, a las que siempre vuelvo, en las que el cuidado del libro y la delicadeza del trato sólo se iguala con la complicidad, la elegancia y el gusto: Antígona, en Zaragoza, y Alejandría, en León, donde he presentado libros míos y he llegado a sentirme parte gozosa del mobiliario. Librerías a las que voy, sí, a presentar algo mío, pero de las que, invariablemente, salgo con una bolsa llena que me acompaña en el viaje de regreso. Librerías que son citas en el tiempo vibrante sobre la geografía.

Y en Madrid, Méndez. Sin discusión. Son muchos los años viviendo en Madrid, y tantos los títulos que me han recomendado sus estupendos libreros, o que han saltado desde los anaqueles hasta llegar a mí, con la disposición cromática en el cuerpo de la palabra viva, que una buena parte de mi educación adulta, como lector y escritor, viene también de ahí, de la librería Méndez, de todas esas tardes fantásticas de viernes viendo morir el día junto a Esquilo y Baroja, bajo el busto marfileño de Cervantes o la fotografía pálida de Kafka. Si Luque, en Córdoba, fue mi adolescencia, Méndez me ha acompañado, y me acompaña, en la fecundidad definitiva de una vida entre libros.

A todas ellas rindo hoy homenaje. Hoy, 23 de abril, Día del Libro y Día de las Librerías. ¿Qué sería de nosotros sin ellas? La existencia, al menos la mía, se tornaría muchísimo más triste, mucho más interior y oscurecida por la tensión de la escritura de la realidad. Una vida con libros nos ofrece niveles de honda plenitud. Una vida con librerías nos regala nuestro sitio de encuentro, la mejor espuma helada para el primer sorbo de cerveza que, en Madrid, tras salir por la puerta litúrgica de Méndez, con la bolsa repleta de tesoros, nos tomaremos en El Naviego, justo al lado, para brindar de nuevo por la vida, por la compra aún caliente, por las vidas templadas por su literatura.

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