Manuela Carmena es una cantautora de la vida, una poeta política comprometida con la realidad que ha ido perfilando la cadencia y la música, el ritmo sensorial del repertorio enhebrado como una dignidad libre de la vigilia. Durante demasiado tiempo, años, décadas, hemos sufrido el sueño de los justos, mientras los saqueadores acechaban nuestros días despiertos, la esencia de la luz y su rapto beatífico, arrasando el país, sus recursos, sus fondos naturales, con la especulación, la compraventa de cualquier decencia y una apropiación vergonzante de los presupuestos públicos. Así, mientras los justos se dedicaban a la batalla diaria, a sus asociaciones y a sus causas siempre a pie de campo, ofreciendo los hombros al desfavorecido, los indeseables culminaron su atraco.
Precisamente por eso, lo que Manuela Carmena representa es la recuperación de nuestra mejor sociedad, de mujeres y hombres que han trabajado siempre para la democracia sin medrar no ya hacia esa espuria riqueza del corrupto, con la prepotente vanagloria de una ostentación inculpatoria, sino tampoco el brillo personal. Las gentes como Manuela Carmena, una de las abogadas fundadoras del despacho laboralista de Atocha, que siempre ha perseverado en la defensa de los derechos humanos y ha sido miembro del Consejo General del Poder Judicial, sólo han buscado el brillo del trabajo bien hecho, de esa honradez lúcida de los propios principios como una osamenta para regenerar el cuerpo del país, con la vieja conciencia y la equidad vueltas razón de vida.
No es casualidad que la mejor campaña electoral que se ha hecho en estas elecciones municipales y autonómicas haya sido la de la candidatura de Ahora Madrid, con tantos creadores audiovisuales, diseñadores gráficos, pintores, compositores, poetas y cantautores celebrando la luz cenital de Carmena, esa melodía que nos trae el espíritu alzado de una lucha mejor. No es que estos años los artistas no hayan estado movilizados políticamente, como declaran algunos recién aterrizados, con atrevimiento entusiasta y algo de engreimiento desinformado, aunque también con buenas intenciones; no, la pelea contra la especulación, la corrupción, el timo, el barrido brutal de los derechos fundamentales y libertades públicas del Estado Social no ha comenzado ahora, sino que lleva ya bastantes años en la pugna diaria; pero es que Manuela Carmena representa precisamente eso, porque ella viene desde antes de la Transición, y nunca se ha movido de ese puesto que ella, y tantos como ella, defendieron un día para darnos la democracia que hoy todos disfrutamos. Sin embargo, es cierto que nunca antes se ha vivido semejante explosión cultural para defender a una candidata, reivindicando unos valores personales que podrían convertir Madrid, y toda España, en una realidad que lograra desmentir el famoso poema de Jaime Gil de Biedma, porque acabara bien.
Queremos una España cuya historia termine, por una vez, mejor. De la sobrina del poeta no voy a decir nada: no lo ha leído. Y si lo ha leído, peor, porque no entendió nada. Manuela Carmena tiene incorporado en su discurso no sólo a Gil de Biedma, sino a Gabriel Celaya y Blas de Otero, a las canciones de Pablo Guerrero, de Patxi Andión, de todos esos gritos de franca libertad esparcidos por las aceras grises. Entre Madrid y Barcelona, con Ada Colau, hemos recuperado la esperanza en la clara y sencilla honestidad.
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