Somos prisioneros del tiempo: en la sociedad de la inmediatez con más trascendencia si cabe. La turba devora ávidamente todo aquello con lo que tropieza: información instantánea, relaciones con fecha de caducidad, sexo precoz, revolcones de ascensor, deidades de barro derribadas mientras son aupadas, famosillos ficticios carne de trending topic, héroes efímeros de prime time… Los avispados saben adaptarse -e incluso explotar con acierto- la rauda vorágine que nos engulle. Otros se estancan en un inmovilismo suicida. Como Mariano Rajoy.
El batacazo en las urnas era previsible. Para todos menos para el Presidente. Con el bofetón electoral todavía caliente tuvo la osadía de anunciar en Génova, ante un ramillete marchito de barones recién defenestrados, que habían ganado las elecciones, que ningún cambio se avecinaba y que confiasen en su virtuosa estampa para alzarse con la victoria en las generales. Semejante discurso frente a todos aquellos que acababan de presenciar -y sufrir- una carnicería de votos, escaños, cargos, sillones y prebendas demuestra el fantasioso micromundo en el que se sustenta el poder. Una galaxia paralela alejada de la realidad, del pulso callejero, del sentir popular y de lo que se cuece hasta en el ánimo de los propios.
Parece que el Partido Popular mantiene una adictiva atracción fatal con el filo de su navaja. Un romance dramático y letal consigo mismo. El dedo índice de Aznar señaló un camino de no retorno: considerarse poseedor de una imperial enjundia con la que designar sucesor supuso un error tan garrafal como cómico. Que el coronado fuese Rajoy, esperpéntico. Que los de alrededor callasen, loando al “amado líder”, en vez de levantar sus voces contra semejante tropelía, fue preámbulo del porvenir incierto al que ahora se enfrentan. No contentos con acatar tal desvarío, luego transitaron por la senda de la tibieza ideológica, los mensajes difusos, los programas electorales incumplidos, las traiciones continuadas a su electorado fiel y la indiferencia chulesca ante un interminable desfile de corruptos -muchos de ellos figurines de renombre de la formación-. El displicente anquilosamiento con el que han acudido a unas elecciones clave, estigmatizadas por una revolución social en ciernes, es prueba palpable de un masoquismo crónico.
Si España clama por alejar imputados de las listas, los mantenemos. Si los electores demandan una renovación absoluta de caras en el panorama político, presentamos como cabezas de cartel a los prehistóricos. Si la ciudadanía solicita desterrar la tiranía y el caciquismo, plantificamos a la altanera de Aguirre como candidata a la alcaldía más visible de España. Si hemos constatado que nuestra comunicación es nefasta, no la corregimos. Si resultamos un partido antipático para los jóvenes, no lo enmendamos. Si la regeneración bulle en plena efervescencia en todos los ámbitos -empresarial, editorial, periodístico, político, institucional…- sacamos a pasear a los que chuparon cargo durante décadas -aunque el PP tampoco ha cultivado un banquillo al que recurrir: si algún pajarillo destacó le cortaron las alas en vez de enseñarle a volar no fuese a hacer sombra a algún jerarca mediocre-. Y así con todo: los populares están entonando una discordante melodía dedicada a su autodestrucción.
¿De verdad que exhibiendo un cúmulo de despropósitos de tal envergadura la sesera de Rajoy y adláteres albergaba la esperanza de cosechar unos resultados dignos? Si tras este holocausto electoral los cambios inminentes no se producen no se trata de altivez, indolencia o fatuidad, sino de ineptitud. O que a estos tipos el exterminio de sus propias siglas les ponga traviesa la libido.

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