Cuando el dedo señala a la luna los tontos miran la punta del dedo asegura el proverbio. El pasado sábado algunos se sorprendieron y otros se escandalizaron porqué en un acto organizado por la Federación Española de Fútbol las aficiones catalanas y vascas silbaran al Rey y acallaran con sus protestas los acordes de la Marcha Real.
Hace falta recordar que este tipo de actuación del público tiene precedentes (en Valencia y Madrid con los mismos protagonistas) y el mismo presidente de la Liga de Fútbol, Javier Tebas, promocionó (supongo que involuntariamente)la idea asegurando que “trabajaré para intentar que no se silbe cuando suene el himno”, mientras Esperanza Aguirre proponía que se jugara el partido a puerta cerrada. Evidentemente sus reacciones fueron un “efecto llamada”.
El valor de un aplauso –si no es folklórico- sólo existe cuando quien lo ofrece tiene la libertad de criticarlo cuando una acción no es de su agrado. Esto es democracia y los cargos públicos del mismo modo que reciben los honores cuando su actuación convence al personal, entra en su sueldo admitir las críticas pacíficas.
De lo sucedido el sábado Sin embargo han sido muy pocas las voces que se han levantado para preguntarse por la actitud del público, las causas de su malestar y es evidente que en Catalunya una parte importante de la sociedad se siente incómoda con el trato que recibe del Estado, cuya actuación muchas veces suena a provocación y además lo hacen en los temas que más duelen. El diálogo entre las administraciones brilla por su ausencia y el “ordeno y mando” sustituye a la negociación, todo ello acompañado por una asfixia económica en la que el Estado se atribuye el papel de salvavidas prestando dinero a devolver con intereses, cuando el déficit es fruto de una mala financiación agravada por la crisis.
Los silbidos de la final son fruto de un malestar muy extendido (el resultado de las recientes elecciones es una buena prueba de ello) y la solución no está en tomar medidas punitivas sino en afrontar las causas por las cuales muchos catalanes se sienten tan incómodos en España.
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