«Marrones y galones»

04/06/2015

Luis Sánchez-Merlo .

mili01El Servicio Militar Obligatorio, esa ‘contribución de sangre’ -como se conocía desde el siglo XV, hasta que Aznar suprimió la mili- distribuía a los españoles, mayores de edad y aptos para incorporarse a filas, mediante un sorteo. Se les comenzó a llamar ‘quintos’ porque se quintaban, es decir se reclutaba solo una quinta parte de los sorteados. De ahí que el término se haya extendido, pasando a distinguir a quienes son de la misma edad o a los que hicieron en el mismo año el servicio militar: por ser de la misma quinta.

Al ‘quinto’ -tras medirlo y tallarlo- lo mandaban, sin rechistar, al destino correspondiente. Pongamos que a uno le tocaba hacer la mili en el inhóspito Ifni (hoy Marruecos, entonces, protectorado español) pues allí se iba en zapatillas, a combatir en un terreno de arena y piedras. A los militares no les disgustaba tanto ese destino porque cobraban tres veces su salario, pero el pobre quinto al que le caía la china, lo vivía como un castigo, aunque se trajese de vuelta a la Península un casete de contrabando.

Menuda diferencia con aquel al que le tocaba -por poner un ejemplo- la MAU (Milicia Aérea Universitaria) que no era mal sitio -y si no que se lo pregunten al ministro Margallo- paseándose con el traje de bonito -Espolón arriba, Espolón abajo- con las jovencitas de Burgos en ebullición.

Merlo

Luis Sánchez-Merlo

Este no deja de ser un relato virtual, donde el tiempo es lo de menos, porque cuando se arrió la bandera en Ifni y dejó de ser provincia española, nuestro hombre apenas tenía cinco años y el único recuerdo que le queda de aquello son los ecos en Radio Valencia de la visita de Carmen Sevilla a las tropas españolas en Sidi Ifni, durante aquella lejana Nochevieja de 1957; pero vale la parábola porque a nuestro protagonista nunca le tocaría nada bueno en las sucesivas rifas.

Y eso que cada vez que ha habido que defender la posición -nunca mejor dicho- aunque no coincidiese con la suya, lo ha hecho sin esgrimir excusas ni escaquearse, perdiéndose entre los chiribiqueros.

Está claro que en la guerra no hay color entre la vanguardia -los marrones- y la retaguardia –los galones- pero es que en la paz ocurre más o menos lo mismo. Desde pequeño, me han fascinado los que -en los conflictos- se acomodan en esos fantásticos refugios de la intendencia, mientras los sufridos infantes se ponen de barro hasta arriba.

Ahora, el barro que abunda por doquier, se encuentra también en algunos platós de televisión donde -una parte del público convidado por la cadena- se permite insultar al elegido por el mando para dar la cara, mientras este hace frente -como puede- a las preguntas, lo que convierte el programa en un circo mediático del que es complicado salir indemne. Y magullado, de vuelta a casa, no le faltará la lanzada del estratega de la cosa que -desde la retaguardia- se permite murmurar sobre alguna intervención de quien ha practicado la obediencia debida.

No sé cómo se las apañan los de los galones, pero a ellos siempre les pilla el lío con el loden y el peine en la chaqueta. Cortan el cupón -de todas todas- y a nadie en la sala de oficiales se le ocurre decir que cuidado con él, que es ingobernable, imprevisible o un maverick, como le sucede -casi siempre- al sufrido voluntario del plató.

Es el signo de los tiempos, el zeilgeist, pero al de los marrones le será difícil -por no decir imposible- que le compensen las heridas de guerra, en forma de escrache, con un ministerio de la palabra -aunque sea el más facundo- o con la jefatura de la intendencia porque los momios están ya adjudicados, entre amigos y quintos previsibles. Además, en cualquier momento, puede bastar una portada de un diario para sacarte de la pista, entre sospechas infundadas.

Lo que no acaban de entender los atónitos espectadores es el despropósito que supone sacrificar al mejor en aras de opciones menos idóneas. Mal ejemplo para la excelencia porque en ese regate ganará siempre la mediocridad.

Marrones y galones, esta es la gran paradoja de la meritocracia, pero que no se equivoquen los listos porque la anomalía no es exclusiva de la vida política. Está viva en la vida cotidiana, así que pobre de aquel al que en el sorteo le toque Ifni porque los demás quintos, encima, se van a reír de lo lindo.

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