El silencio del escritor

05/06/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

En estos días de Feria, hablemos del silencio.

En todo proceso de escritura suele haber una fase de silencio. La más común es previa, pero también puede existir otra posterior, más prolongada o menos, en función de la extensión y de la intensidad del texto –pero también dependiendo de la propia biografía del escritor, de sus viajes, mudanzas, volumen de trabajo, artículos y demás- en la que ese diálogo silente con las páginas ya escritas adquiere otros niveles de profundidad. Si bien la reflexión anterior actúa como un pórtico que nos abre el paso, de una estructuración –relativa o pormenorizada- o de un impulso para lo que se quiere hacer, la fase del mutismo posterior, de la no escritura del libro, ahora en el cajón durante meses, ya actúa a tiro hecho, y así se cambia de interlocutor: porque ya no estamos ante lo que podrá ser, sino ante lo que es, se corrija en el último instante más o menos; y es con este texto, acabado o casi, con el que empieza otra conversación, una batalla silenciosa, en la que la relación con las palabras, con la historia que se cuenta y con los personajes, con las situaciones y la atmósfera, irá mutando con nosotros, pensemos o no en ello, con nuestras emociones, hasta que la novela se entrega al editor.

Para mí es una fase muy importante: fundamental, diría. En el momento en que tratamos de ganar distancia con el texto, de conquistar cierta objetividad con respecto al estilo, esa respiración que es la oxigenación de un mundo propio. Durante años, he creído que esa última fase, cuando guardaba el manuscrito durante dos o tres meses, buscaba únicamente mejorar cierta capacidad de análisis postrero, para que la corrección definitiva pudiera contemplar el libro como si fuera ajeno. Esto sucede. Pero también comienza, y quizá lo he comprobado más recientemente, otro tipo de intercambio entre el texto y nosotros, una especie de ensanchamiento lúcido, aunque no lo pensemos directamente, aunque pasemos semanas sin recordar ni una línea, porque algo más sutil entra en contacto con una fibra interna, en el sueño y también fuera de él, y de pronto todo ese universo que ha sido concebido para ser habitado se levanta sin fuego de palabras, con ese cuerpo propio que es un espacio autónomo, que nos invita a recorrerlo ahora, a escuchar su música de baile, que se agranda en nosotros, pero que nos contiene y nos protege y puede enriquecerse con cada sensación rescatada del día.

También con el tiempo he descubierto que puedo vivir exactamente lo mismo con muchos libros de otros. Libros que formaron parte fundamental de mi vida lectora, que quizá no he vuelto a releer, pero que han seguido ganando espacio en mi memoria, matices, porosidad y hondura, como si otra escritura –lectura, en este caso- se hubiera ido horadando entre los años que me separan ya de aquel primer fulgor. La sensación se intensifica, claro, cuando la experiencia de la lectura se mezcla con el recuerdo de la vivencia que le dio marco, que puede funcionar como agente provocador de una elasticidad interna de los textos, haciéndonos crecer dentro de ellos, alcanzando niveles de profundidad emotiva, silenciosos y claros, como si renacieran de nuevo en la retina.

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