Conectados a la soledad

10/06/2015

Carmela Díaz.

Nunca antes disfrutamos de tantas amistades, aunque sean virtuales. Tampoco habíamos lanzado al cosmos nuestros pensamientos, sensaciones, estados de ánimo, agudezas e instantáneas a todo color.  El exhibicionismo impúdico de nuestra intimidad se ha convertido en un vicio colectivo de la posmodernidad. El deseo irrefrenable de notoriedad es una sentencia irrefutable de la era de las redes sociales. El maquillaje de nuestro propio yo a través de los filtros de los dispositivos electrónicos ya no tiene marcha atrás. La sucesión de cortos mensajes lanzados al vacío para saciar la necesidad de reconocimiento del ser humano se ha impuesto en nuestros días. Estamos conectados a la soledad en compañía pero no somos conscientes de semejante paradoja. Hemos transformado el “pienso, luego existo” en el “conecto, luego estoy; comparto, luego soy”. Ay, si Descartes levantase la cabeza…

Carmela Díaz

Carmela Díaz

Los beneficios de las redes -utilizadas con mesura- son incuestionables: cazar información inmediata, mantener contacto con seres queridos diluyendo las distancias geográficas, intercambiar conocimiento y contenidos, tantear el ingenio de ese seductor que promete, promocionarse en el ámbito profesional, conseguir movilizaciones solidarias a escala mundial… Como cualquier otra herramienta consecuencia del avance y la tecnología, sus pros y sus contras dependerán del uso inteligente que cada cual haga de ellas.  Ni siquiera satisfacer el ego es censurable: la necesidad de enaltecer la autoestima es parte implícita de la naturaleza humana.

Los problemas aparecen cuando confundimos realidad y fantasía, cuando estamos tan obsesionados en embellecer la imagen que proyectamos que descuidamos dar lo mejor de nosotros mismos. Cuando focalizamos nuestras energías en decorar casitas de muñecas cimentadas en la velocidad de la fibra óptica en vez de enriquecer nuestra vida personal. ¿Cómo sería nuestro entorno si el tiempo destinado a teclear ocurrencias en las redes lo dedicásemos a disfrutar experiencias con las personas que nos importan, si en vez de conexión practicásemos la conversación o si sustituyésemos la acumulación de conocidos virtuales por el cultivo de amistades profundas?

Estar permanentemente expuestos a la frenética verbena de las redes no garantiza ser escuchados, comprendidos o amados cuando lo necesitamos. Creer que no estaremos solos por permanecer activos en el ciberespacio constituye un grave error de percepción: un millón de intrascendentes likes jamás sustituirán un solo hombro amigo o una sentida carantoña. De la sensación que provoca un besazo de los que conmueven las entrañas ya ni hablamos. Al otro de lado de nuestras pantallas hay corazones apesadumbrados inmersos en un vacío existencial pese a estar rodeados de reconocimiento social. Cortinas de melancólica niebla envuelven sonrisas ficticias, corazones atormentados que están al límite.  Pero no lo vemos. Miradas tuneadas disfrazando ánimas que lloran, nos gritan SOS a través de sus perfiles. Y no somos capaces de escuchar. Porque nos epatamos por la vistosidad de muros y timelines, por el tremendismo de unos efectos especiales bien construidos. Estos días hemos presenciado el suicidio de alguien con toda la vida por delante. Con despedida previa y por capítulos en Facebook: ni uno solo de sus miles de amigos intuyó el fatídico desenlace pese a tenerlo escrito en sus pantallas.

El mundo REAL está repleto de gente maravillosa. Hablemos ahora, quedemos ya, sintámonos cerca, acariciémonos sin demora antes de que nos lluevan recuerdos imposibles de revivir.  No se puede retroceder en el tiempo para abrazar a alguien que ya no está.

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