Guillermo Zapata, el que se puso chistoso referenciando a una de las grandes tragedias de la Humanidad -el Holocausto judío- mientras se mofaba de Irene Villa y las niñas de Alcácer. Pablo Soto, el que anhelaba torturar y guillotinar a Gallardón. García Castaño, el que sugería empalar a Toni Cantó. Mauricio Valiente, el que divulgaba apología de dictaduras. Bienvenidos al nuevo equipo de gobierno del Ayuntamiento de Madrid.
Que llegan para dignificar la gestión pública, dicen. Con estos credenciales lo que vienen es a abochornarnos. Pero resulta que las chanzas sobre nazismo, xenofobia, racismo, asesinatos y víctimas no son las únicas perlas que los recién nombrados nos regalan. Así, para empezar. El nuevo concejal de urbanismo proclama que la ciudad ideal es… ¡tachán!… una comuna institucionalizada. Y las ocurrencias del flamante concejal de Hacienda no se quedan cortas: convencido está de que nuestros ahorros deberían considerarse públicos y ser administrados por el Estado. Si cualquiera de ustedes iniciase un proyecto arriesgando su dinero ¿contrataría a personajes así para gestionarlo? Conseguir un puesto de responsabilidad en el ámbito privado exige una dilatada experiencia previa, un vasto bagaje profesional -e incluso cultural- y superar unos durísimos procesos de selección. Solo son aptos los mejores, quienes, además, están obligados a demostrar su capacitación a diario. Errores ínfimos no se toleran; los garrafales sencillamente no se contemplan. Ninguno de estos concejales lo tendría fácil en el mundo real del mérito, el esfuerzo y la competitividad. Aunque para un directivo de élite 45.000 euros anuales (nueva nómina de la alcaldía de Madrid) son un sacrificio pero para un okupa unos miles de euros suponen un regalo.
Llevo trabajando toda mi vida en entornos laborales en los que un nivel de exigencia asfixiante y el perfeccionismo continuo son requisitos imprescindibles para sobrevivir. Y encima apuro horas que no me sobran para escribir artículos y publicar libros. Como millones de españoles soy prestidigitadora del tiempo y malabarista del tesón. No tengo nada en común ni con los sinvergüenzas que nos roban ni con los memos que nos lloran. No me representan en absoluto. Pero sí debo seguir pagando impuestos para mantener a ladrones y a cuentistas. ¿En qué difieren un corrupto popular, un sectario socialista o un demagogo podemista? Apenas existen diferencias. Pero sí pululan por el ciberespacio hordas que están justificando a estos figuras por meter la pata hasta el corvejón antes que el cazo. Pues ni lo uno ni lo otro: ni ladrones ni descerebrados, ni corruptos ni gilipollas.
Y a este prosaico panorama se añade un trasfondo demoledor. Aunque cesado de cara a la galería -dimito, pero me quedo con el acta y el sueldo; ¡anda! como Ana Mato con su escaño: purita casta- un gañán como Zapata llega a ser concejal de CULTURA. Como los nuevos pregonaban que romperían raudos con el enchufismo, el nepotismo y los desmanes cometidos por la castuza, ando buscando -ilusa de mí- los logros del susodicho en el sagrado mundo de las artes y las letras. Ni rastro. Desistí brujulear por el currículum de sus compañeros para evitarme una hiperventilación ciclogénica. Hemos pasado del dedazo por gratificación partidista a conceder sillones por activismo populista.
Entre tanta controvertida investidura ¿se habrá parado Pedro Sánchez a meditar sobre esos apoyos incondicionales que depositan nuestro futuro en manos de tan extravagantes dignatarios? Los pactos con el único fin de repartirse poder son nefastos. Lo grave es que existe una solución que pasamos por alto para evitar tropelías poselectorales: la segunda vuelta entre los dos partidos más votados por los ciudadanos.


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