Los intelectuales son necesarios. Lo dice Félix de Azúa, flamante sillón H de la Real Academia Española. Algo hay de temblor lúcido y destino en esta afirmación, porque precisamente ha ido Azúa a sustituir en la Academia al Intelectual, esto es, a Martín de Riquer. Pocos servidores tan fieles y brillantes ha tenido el idioma quijotesco y crucial, fundador y vivísimo en su paso natural a la eterna lectura, como el experto cervantino, que murió dejando un hueco inabarcable en el enigma despierto de quién fue, de verdad, nuestro Alonso Quijano, antes de recobrar su cordura final. Maestro de maestros, de escritores y también de lectores ha sido y será siempre Martín de Riquer: si en 1970 publicó su muy difundido Aproximación al Quijote, una especie de guía atinada y ágil no sólo para recién llegados, sino también para gentes más frecuentadoras de sus desventuras vueltas mito por los campos de Montiel, Aragón o Barcelona, hace poco se editó su monumental Para leer a Cervantes, Biblia que nos da la verdad revelada de la piel interior, su memoria cautiva, la fruición y sus dudas, su íntima zozobra y también la cruel intrahistoria de dolor en la tensión radical del primer y mejor novelista del tiempo.
Eso ha sido Cervantes: no un intelectual, aunque también lo fuera, sino el creador de un nueva categoría literaria y verbal. Antes de Cervantes, con seguridad, sólo está Homero. Después, no es tan sencillo establecer el nuevo paradigma: ¿Balzac, Flaubert, Proust, Joyce? Es más difícil, y también nos resultan más cercanos. Son dioses al alcance de la tierra, bañados en el barro de nuestra ensoñación. Pero todos estos titanes necesitan, como oxígeno vivo, al intelectual. Necesitan a gentes que los mimen y estudien, que los hagan vivir en las respiraciones de las nuevas camadas, en su fiebre social. Eso ha sido Martín de Riquer: el conservador del gran museo del aire cervantino.
En el caso de Félix de Azúa, la figura seguramente esconde una mayor complejidad –que no profundidad-, al tratarse de un poeta –ostensiblemente jubilado de su propia escritura de poemas, pero incluido para la eternidad en la antología Nueve novísimos poetas españoles de Josep Maria Castellet con Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, Ana María Moix, Manuel Vázquez Montalbán o Leopoldo María Panero-, novelista, y sobre todo ensayista, ocupándose con especial cuidado y acierto, a través de varios tomos hondos y de plástica belleza, de la poesía moderna y su dios Baudelaire.
La obra de Félix de Azúa es interesante por sí misma, con su propio universo de reflejos, en una inteligencia despertada en su visión estética, en la eclosión de lenguajes. Pero su labor como intelectual, la frase luminaria que da título al texto, esa necesidad de los intelectuales en esta realidad oscura que vivimos, tan opaca a la mirada cultural, con el discurso político reducido a la analogía futbolística, es el mantenimiento de un brillo que existió. Los intelectuales son necesarios: hoy más que nunca, hoy como siempre. Porque amar la cultura, conocerla, aprenderla y mantenerla viva, en su diálogo interminable con la realidad, desde Homero a Cervantes, de Shakespeare a Camus, para así preparar su traspaso a otras generaciones, es la respiración luminosa y ética del mundo.
Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.