Rajoy en La Latina

03/07/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Rajoy se va de cena a La Latina. Ha sido en Casa Lucio, con los ex presidentes y el monarca, saliente y todavía con el pectore histórico de una Transición en pie de guerra. A Mariano Rajoy le pega relativamente Casa Lucio, porque es el sitio clásico para los despistados que vienen al Madrid castizo pensando en descargar el tiempo y la cartera, en pagar una cena en plan de amigos, aunque no lo sean tanto. Imagino a Rajoy en Cava Baja como posibilidad de aventura delirante de un mediodía tórrido, que quizá pondría a prueba la hospitalidad del barrio. ¿Se tomaría el vermú en La Paloma, o pediría una caña en la barra genial de El Tempranillo, que es un litoral de madera encendida? No lo creo, pero sería divertido ubicarlo en la barra del Xentes con Tomás, que también es un ex –ex tabernero, con vocación historicista, sus propios estudios publicados y un garrote físico y verbal para romper la crisma de la bobería-, o comprobar si el gran Pepe Regueira perfila al fin el truco de su desaparición de la escena política, algo estimulante, antes de que liquide lo que queda del día y también del Estado de Derecho. ¿Se pasaría por el Campo de la Cebada? Seguramente, no. ¿Se pediría un gin-tonic en Teresa, quizá en el 4D? Tampoco lo creo, ni que sepa que exista otra Puerta Cerrada tras la hoguera de los recursos públicos. Pasearía por el barrio como un zombi, que es como parece que avanza por el mundo –“Yo voy adónde me llevan”, dice-, y ni siquiera repararía en la hermosa barra labrada en Casa Paco, frente a la eternidad de esas largas tardes en Madrid, cuando el aire es el oro de la conversación.

Lo siento, no puedo imaginarme a Mariano Rajoy dándose una vuelta por el barrio, descubriendo la luz de La Latina. Puedo imaginarlo con sus animosos estrategas de comunicación, en plan idea innovadora, organizando el espacio simbólico del continuismo bipartidista, con su carga efectista, reuniendo a Felipe González y a José María Aznar, a un androide que asegura ser José Luis Rodríguez Zapatero y al rey que nos salvó del 23-F, salido del museo de cera de la historia para oficiar como pórtico institucional. No importa de qué hablaran, pero sí la foto, distribuida luego en Twitter desde Moncloa, a la que se han prestado estos cuatro hombres para ayudar al PP con la campaña, porque el temor al cambio incluso lleva a compartir mantel y brindis con Rajoy.

Rajoy llegaría en un coche oscuro con los cristales ahumados, para comer jamón y huevos rotos, mientras cualquier antidisturbios es legitimado por la nueva ley mordaza para rompernos los huevos si levantamos la voz, por ejercer en la calle la libertad de expresión. Ay, La Latina. Al Urumea-2 tenía que haber ido Mariano Rajoy, este viernes, a comerse un filete de hígado encebollado y sentarse a escuchar, y a responder, honradamente y a la cara, en la mesa de un grupo de gente que de verdad es la gente.

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