‘Tiempos de camuflaje’

05/07/2015

Luis Sánchez-Merlo.

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Hace años, la prensa inglesa publicaba una fotografía que llamó mi atención, produciéndome una mezcla de perplejidad y admiración. Era David Cameron, actual primer ministro británico, en visita al centro de entrenamiento militar de Kabul, vestido con traje oscuro, camisa blanca y corbata, como mandan los cánones en Eton y Oxford, sus dos referencias académicas.

El entonces candidato de los tories no fue a Afganistán con botas militares y uniforme de camuflaje buscando salir en los telediarios de la BBC y así evidenciar ante sus compatriotas su compasión -aunque sólo fuera por unas horas -con los Black Rats, que se juegan el tipo en tierra de talibanes dispuestos a dar caza al infiel. Me sorprendió Cameron -hijo de un corredor de bolsa y una juez de paz- porque hizo algo tan banal y sorprendente como viajar al avispero afgano con su uniforme de trabajo habitual, el de ir a la oficina.

Y digo que me resultó admirable porque el ‘premier’ no cayó en la tentación de camuflarse, recurriendo al truco de confundirse con los militares ingleses que están, sobre el terreno de operaciones, corriendo riesgos, para sacar ventaja ante la opinión pública de su país. Y esto en los tiempos que corren, resulta extraordinario, por excepcional.

El ‘rebaño desconcertado’ y el ‘disimulo estratégico’

Luis Sánchez-Merlo

Luis Sánchez-Merlo

¿Por qué algo tan superfluo puede llegar a convertirse en admirable? Pues bien sencillo, porque no es lo habitual. Lo que se ha impuesto en la sociedad mediática es mimetizarse con lo que Chomsky llama el ‘rebaño desconcertado’, el entorno, los votantes, los representados. Y siempre, tratando de provocar en ellos una determinada conducta. En esto consiste el camuflaje: ocultar una cosa dándole el aspecto de otra. Todo ello con el propósito de obtener una ventaja.

Pero me interesa sobre todo el fenómeno del camuflaje como disimulo estratégico. En nuestra sociedad, la realidad pierde terreno en beneficio de la teatralidad, se van imponiendo la forma y la imagen, en detrimento del fondo y la sustancia. Y esto, trasladado a terrenos sociales y políticos puede llegar a alcanzar cotas inquietantes, en la medida en que lo que parece no es y lo que es no lo parece. Así de complicado.

Si el asunto no revistiera una cierta gravedad, podría quedarse en el terreno de lo cómico, pero las tácticas de algunos personajes públicos son, cuando menos, insólitas y eso produce aprensión. Aquí empieza a resultar corriente que no se vaya vestido como lo que uno es ni de acuerdo con lo que corresponde al trabajo que realiza. Son tiempos en que la imagen se ha comido por las patas al fondo de las cosas, o sea que la corteza cotiza más que la sustancia.

La ‘realidad de ficción’

En este orden de cosas, se podrían dar algunos ejemplos que, si no fuese por lo que tienen de derroche y despilfarro, podrían aparentar una simpática imagen costumbrista. El tamaño de las vallas publicitarias del Plan E (¿recuerda aquello, amable lector?) en algunos casos más caras que muchas de las obras, consiguió desviar la atención de los proyectos -algunos tan atrevidos como soláriums para pensionistas, ampliaciones de aceras, renovación de colectores o cubre contenedores de basuras…- en que se invirtió el casi billón y medio de pesetas, lo que no es moco de pavo. El venial y envenenado regalo de cuatro trajes, de baja estofa, por parte de un desaprensivo a un gobernante confiado, llegó, en algún momento, a eclipsar la dura realidad de una corrupción sistémica. Lo que Vicente Verdú, con acierto, ha llamado realidad de ficción, convertida en cultura de la distracción.

‘Alzas’ para políticos

Desde que el genial Danny de Vito recurrió al embeleco de ponerse alzas en los zapatos, para acortar la distancia que separaba su 1,40 de estatura de sus compañeros de reparto, no han dejado de salirle imitadores. El más conspicuo, un astuto gobernante que recurrió a la ayuda de un pequeño taburete para ponerse a la altura del emperador, aunque su mujer tuviese que sacrificar los tacones por calzado plano. O aquel político gallego que aprovechaba sus viajes a Roma para renovar las alzas en una zapatería próxima la Fontana de Trevi. En su caso, el déficit de estatura se compensaba con un superávit de inteligencia.

Pero el camuflaje tiene otras manifestaciones y una no menor es la semántica ¿Cómo se puede confinar a un alumno a la condición de ‘unidad de módulo educacional’ o aceptar sin rechistar que a un paciente enfermo se le reduzca a la insignificancia de ‘unidad elemental de atención sanitaria? ¿Han pasado a mejor vida los manicomios y los sanatorios? ¿No estamos llevando un poco lejos nuestros complejos vergonzantes cuando condescendemos con que se llame a los basureros ‘técnicos especialistas en la retirada de residuos sólidos urbanos?

El mundo del arte no se ha librado del camuflaje desde que la pintura abstracta se apoderó de museos y salones. Cuando uno de sus padres, Mondrian, sostenía que el arte necesita apoyarse lo menos posible en la realidad -porque la realidad se opone a lo espiritual- no estaba incitando a la proliferación de la mangancia del gato por liebre.

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