He de reconocer que una interpretación inmemorial del denominado amado líder de Podemos fue aquel momentazo Karaoke entonando Cuervo Ingenuo junto a Javier Krahe. Con esa chispa, esa gracia innata, ese salero congénito y aquella reinterpretación de la letra acusando a los socialistas de sumisión a Merkel, Pablo acarició mi fibra sensible. “Hombre blanco hablar con lengua de serpienteeeee”.
En aquella ocasión dejó el listón muy alto, pero desde entonces no deja de conmovernos. Es lo que tiene destacar como showman y ser muy consciente de que a los españoles nos gusta la política espectáculo. Enternecida me hallé al visualizar a Pablo Iglesias tarareando la inolvidable melodía de Pimpinela en un mitin. ¿Recuerdan? Aquella pareja que no paraba de discutir, que si olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta, esos dos que basaban la esencia de su relación en el tira y afloja pero que en el fondo se querían… Ahora comprendo con clarividencia la soltura de Iglesias sobre las tablas emulando al pintoresco dúo: representaba su propia realidad con Tania.
Sí, Tania, esa señora que repitió con vehemencia en todo plató que pisó -y fueron unos cuantos- “no dejaré mi puesto, ni abandonaré IU, ni me marcharé a otro partido: nunca me iré a Podemos. Punto”. Esperen, que igual estoy confundida con tanta revolución partidista: ¿esta chica no era la que soltaba espumarajos por la boca sobre las asignaciones a dedo en los partidos de la castuza? La que juraba y perjuraba en lenguas muertas si era menester que jamás se integraría en Podemos. La que despotricó con fiereza contra todos aquellos que la acusaban de querer dinamitar IU para enfundarse el flamante uniforme morado. Esa habitual de las tertulias que enarbolaba su discurso con prioridades como la imperiosa necesidad de fulminar a los políticos profesionales del bipartidismo.
Tanta superioridad moral, tanta lección catódica, tanta facilidad de verborrea teórica pero la realidad desmiente su desparpajo: que sepamos nunca obtuvo oficio ni beneficio fuera de los presupuestos generales. Jamás dejó de pisar moqueta institucional. De la concejalía del Ayuntamiento de Rivas que contrataba a su hermano -aunque ella, cual royal desvergonzada, no se enteraba de nada- a diputada nacional vía inclusión en la lista elaborada por los santos cataplines de su exnovio, el amado líder.
Disculpen mi torpeza, pero desconozco qué diferencia semejante proceder al de la casta tradicional. Endogamia, nepotismo, inexperiencia fuera del ámbito partidista, carencia de méritos, dedazo. Muy al estilo de la alcaldesa de Barcelona y su marido. Todo queda en familia. Qué suerte tenemos, nos vamos librando de los dinosaurios políticos, nos estamos esforzando en levantar alfombras y abrir ventanas para que los recién llegados nos regalen estos esperanzadores soplos de aire fresco.
Aunque bien analizado sí podríamos presenciar innovaciones en los entresijos del politiqueo: dejen su mente en blanco e imaginen los próximos actos públicos podemistas. Pablo y Tania sobre el escenario cantando Pimpinela a dúo “y al descubrir que era todo una gran fantasía volví, porque entendí que quería las cosas que viven en tiiiii”; Errejón, Gloria, Rita y Murgui empleándose a fondo con los coros con los círculos a las palmas. ¿Y Monedero? Pues bien podría balancear la batuta o criticar el vodevil entre el público, que él es muy suyo y nunca se sabe.
Carmela Díaz

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