Asomados a la realidad

13/07/2015

María Martín. Entre los grandes momentos de este tercer día de festival se encuentran sin duda tres presentaciones que despertaron pasiones.

gijon01“La literatura es, en su base, un vouyerismo institucionalizado y permitido. Te permite observar por un agujero las vidas de otras personas”. La frase es de una de las más veteranas escritoras de la Semana Negra, quien, durante la presentación de su último libro, definió, quizá sin darse cuenta, no sólo qué es en esencia la literatura, sino también que significa en parte, para lectores y periodistas, la Semana Negra. Una oportunidad única de asomarnos a una mirilla y observar un pedazo de la vida de los escritores que nos mueven. Fragmentado, en cierta medida irreal gracias al oasis que para todos representa el festival, con filtros y los límites que impone el cumplimiento de un horario, pero siempre honesto.

gijon02Por eso precisamente resulta tan especial observar las terrazas y los comedores de los lugares comunes. No son tantos los sitios donde puedes ser testigo del intercambio de opiniones de un escritor y librero (y de los buenos en ambos casos) con un magistrado. O cómo la noticia de una fuga carcelaria desata la imaginación y, además del debate político, conversaciones sobre el relato, la novela o el poema que se esconden en la tragicómica huída mientras escritores y periodistas comparten confidencias y un café para desayunar.

gijon03La Semana Negra, como la vida, tiene sus momentos mejores y sus momentos peores. Entre los primeros, la constatación de que quien te enamoró con sus palabras impresas lo hace también con su calidez; la oportunidad de hablar con uno de los padres del género en España, Juan Madrid; el intercambio de anécdotas sobre libros; atisbar reediciones de obras ya leídas que ocupan un espacio de honor en tu estantería. Entre lo malo, los horarios, porque a veces seguirías una presentación o una charla durante mucho más tiempo, y el abanico tan amplio y diverso de cosas por hacer, de vidas a las que asomarse por una mirilla, porque no da tiempo a todo.

Entre los grandes momentos de este tercer día de festival se encuentran sin duda tres presentaciones que despertaron pasiones. La primera, la protagonizada por Elia Barceló y su antología de relatos La Maga y otros cuentos crueles. Cortázar, Stephen King y las historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador como responsables, en pequeña medida, y cada uno en su estilo, de una selección temática que toca tantos palos que casi podría leerse como la evolución de la escritora y su paso por los géneros y, sobre todo, una visión de ella misma como no se ha ofrecido otra hasta hoy. Relatos que son un juego y que establecen un diálogo con el lector gracias a ese making-of que esta edición ofrece tras cada uno de los cuentos.

gijon05Tampoco se quedó corto de entusiasmo entre el público Toni Hill, que presentaba el cierre de su trilogía protagonizada por el inspector Héctor Salgado: Los amantes de Hiroshima. Desde la publicación de la primera novela, El verano de los juguetes muertos, en 2011, Hill ha ido conquistando no sólo al publico español, sino también a los alemanes, los griegos, los franceses y los del otro lado del Atlántico, por citar unos cuantos. Con el tema del amor (considerado en todas sus facetas) como tema de fondo y situado en un contexto de crisis muy concreto (la novela está ambientada en mayo de 2011, en pleno auge del movimiento 15-M), el escritor barcelonés construye una novela redonda, compleja y llena de matices.

Mauricio-José Schwarz congregó a un respetable grupo de nostálgicos y amantes del cine y la animación en la presentación de su libro De Tom y Jerry a las Supernenas. La aventura de Hanna-Barbera, un repaso por la historia del estudio de animación que ha marcado la infancia de generaciones y generaciones, y que aún hoy sigue siendo referente en muchos aspectos. Como bien señaló su autor, al fin y al cabo los dibujos animados “son también parte de nuestra cultura y de nuestra forma de ver el mundo. Nuestra cultura son también referentes como Los Picapiedra, que no son sino un reflejo de la familia media americana de los años 60”.

Así, con Cortázar o Scooby-Doo de fondo, los lectores, mirones empedernidos, descubrimos uno de los mayores secretos de este mundo: que los autores que admiramos también admiran a su vez, en un círculo vicioso de amor por el arte y la belleza de las cosas bien hechas.

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