Ismael Serrano en el Price

16/07/2015

Joaquín Pérez Azaústre.

Sucede que a veces me olvido de lo mucho que me gustan las canciones de Ismael Serrano: escucharlas, vivirlas, leerlas en la luz de las tardes calmadas de aquella juventud que aparece de pronto, con su voz primigenia y su pleno fulgor. Sucede que lo olvido, pero cómo no hacerlo: cuando la obra en marcha de un autor ha marcado tanto el propio poema en marcha de las noches lejanas, de cada encrucijada que encontró la letra de su kilómetro cero, a veces se requiere una distancia, un cierto acabamiento temporal de la complicidad inmediata en los mundos conjuntos, dejando así la cita en ascuas los próximos diez años, por la barra fugaz de aguas cambiantes, en la natación de una vida.

Algún día escribiré sobre todo esto, pero ahora mismo escribo de Ismael, de cómo es necesario proteger, apenas unos meses líquidos de asfalto y playas africanas, todas esas primeras canciones que enhebraron el nombre de unos días más anchos que el espíritu. Algún día escribiré de lo que supuso, más o menos a partir de 1994, empezar a escuchar a cantautores, descubrir primero a Joaquín Sabina y Aute, alucinar más tarde con Silvio, reconocer que, a través de los discos y las vidas, Víctor Manuel siempre me emocionará cantando a Pedro Garfias en Asturias, y saber que el poema radical del Siglo de Oro, como Alberti y también Celaya y Blas de Otero, lo había resucitado Paco Ibáñez. Aquello fue un instante, Oh melancolía, de despertar completo y visceral, de imantación en la promesa de escritura bajo el sol cordobés: había otra vida lejos, todo un universo de canciones, promesas, escenarios y whiskies, escritores y devastación, lujuria y pulsaciones de hielo entre los vasos, noches de redacción, con sirenas poéticas.

Pero Madrid quedaba lejos, y esos cantautores pertenecían a otra generación, con su mapa emocional. Descubría esas canciones como un ocaso, y yo sólo tenía veinte años. Y en esto llega Ismael Serrano. Un tipo de mi edad, o casi. Yo estaba en el trastero de mi casa, en Córdoba, por encima del vuelo de tejados de Ciudad Jardín, con una mansedumbre de azoteas bajo el sol crepitante que recuerdo, con la radio encendida: entonces la música tenía que sonar siempre, sin descanso, en la radio o el reproductor, porque cada segundo era una biografía y había que componerla con intensidad de poeta simbolista. En aquel trastero leí Las flores del mal y emborroné no pocas páginas. En aquel trastero escuché Caperucita, en la radio, y el paso siguiente fue comprar Atrapados en azul y hacerlo mío, hasta tocar la vida en el fondo del vaso, porque entendí que no todas las épocas pasadas son mejores si nos atrevemos a vivir la nuestra.

El concierto de Córdoba, en el Gran Teatro. Y cuando llego a Madrid, en otoño, con otra melodía, a tocar la osamenta del futuro que podría escribir por mí mismo, me encuentro con que se presenta en la Fnac La memoria de los peces. Y desde entonces, a través de amigos, años, libros, hermanos y conciertos, mujeres y promesas, sueños y caídas y otros amaneceres, y más discos, la vida. La vida. Ahora que respiro, da vértigo pensar cuanto ha pasado, hasta dónde se expande el universo de este poema vivo.

Y ahora que estoy lejos, Ismael Serrano toca en el Teatro Price, su Price, que es también su Gran Rex. Gritamos nuestros nombres en las calles despiertas, amamos a mujeres que merecen la vida. En fin, que me encantaría estar allí, básicamente, volver a escuchar ese disco extraordinario que es La llamada –lo estoy haciendo ahora, al escribir- y también otras letras que son una sustancia de mi biografía, brindar con un gin-tonic y darle un abrazo a él, su familia y su gente. Y descubrir que todo creador vivo es la oxigenación pulmonar del instinto, un aprendizaje del dolor y también su belleza.

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